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EL ARRASTRE DE LATAS

Todos los niños esperábamos con impaciencia la llegada del día 5 de enero. En los días previos, e incluso en la misma mañana del día 5, nos dedicábamos a buscar y recopilar cualquier tipo de envase de lata, saqueábamos recipientes de basura, hurgábamos en las escombreras o en cualquier lugar en el que fuera posible encontrar algún envase tirado y procurábamos hacernos con cualquier olla o cacerola que hubiera quedado en desuso. El mejor trofeo era conseguir las latas o los recipientes más grandes, porque el ruido que hacían al ser arrastrados también era mayor. Con alguna puntilla o con cualquier otro objeto punzante abríamos un agujero en el fondo de la lata y las ensartábamos con una cuerda formando una ristra, de mayor o menor longitud dependiendo de la suerte que hubieras tenido en tu búsqueda, y con ella nos lanzábamos corriendo por las calles tratando de hacer el mayor ruido posible. Cientos de niños corríamos como locos de un lado a otro, unos persiguiéndose y otros cruzándose. La intención, al menos eso era lo que todos los chiquillos pretendíamos, era hacer mucho ruido para que los Reyes Magos supieran que estábamos allí y que queríamos que al día siguiente nos trajeran todos los regalos que habíamos pedido. El arrastre terminaba de forma espontánea, tal y como había empezado, eso si agotados y llenos de ilusión. Los adultos solían mantenerse al margen de toda esta actividad infantil e incluso algunos tuvimos que soportar más de una regañina por el ruido y las molestias que causábamos a los vecinos.

Al hacernos mayores íbamos abandonando el arrastre, pero la tradición se fue manteniendo año tras año con las nuevas generaciones, aunque, quizás debido a la modificación de las formas de vida y el desarrollo del consumismo, cada vez eran menos los niños que retomaban cada año sus latas y el arrastre. No llegó a perderse totalmente, pero durante algunos años a penas si se oía el cansino ruido del arrastre.

A finales de los años 90, gracias a la iniciativa de una asociación de vecinos, se volvió a retomar la vieja costumbre, pero esta vez organizado por adultos que, posiblemente con cierta nostalgia, echaban de menos el ruido previo al día de Reyes. La idea caló y el Ayuntamiento se encargó de organizar esta celebración, diseñando recorridos y organizando actuaciones, concursos y entregas de regalos y premios. . Hoy la celebración del día de las latas es multitudinaria, miles de niños acompañados por sus padres acuden a la cita anual y realizan el recorrido marcado que suele terminar en el “Llano Amarillo”, junto a la dársena del puerto, donde se produce el encuentro con los Reyes que visitan la ciudad.

Cuentan que esta costumbre es singular y única en España y que cuenta con más de un siglo de antigüedad y poco a poco se ha ido extendiendo a otras poblaciones de la comarca. El arrastre de latas se ha ido llenando de mitos y leyendas sobre su origen. Se ha extendido la leyenda de que con el ruido, los niños lo que trataban era de llamar la atención de los Reyes para que visitaran sus casas y no se perdieran en la niebla creada por “El Gigante de Botafuegos”. Esta leyenda no responde a la tradición sino que, como explica Juan Ignacio Pérez Palomares, tuvo su origen en un cuento basado en elementos de tradición oral que él mismo se encargó de recopilar, escribir y publicar. Su origen real podría estar en un momento de penuria económica, en el que los padres no podían hacer frente a la compra de regalos y juguetes para sus hijos, y los niños en rebeldía hacían sonar las latas para llamar la atención y pedir que los Reyes no se olvidaran de ellos o bien podría estar en que los niños en vísperas de Reyes arrastraban sus viejos juguetes (en aquella época normalmente de latón) para que los Reyes les trajeran otros nuevos y que sustituyeran a los ya viejos y estropeados.

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LA OPOSICIÓN

Nunca estaré totalmente seguro de cual fue la razón que me impulsó a presentarse a las oposiciones. Lo mio no era, no podía ser, vocacional, eso era evidente. Debieron concurrir varios factores, por una parte la “juventud”, mi juventud. Con tan solo diecinueve años careces de criterios suficientes para saber que quieres ser y hacer en la vida, ves el mundo repleto de posibilidades, ves el futuro sin demasiada preocupación. Tu preocupación se centra en qué vas a hacer mañana y dónde pasarás el fin de semana. Dos semanas vista es una eternidad. Tal vez las presiones, fundamentalmente familiares: “Chiquillo, no seas tonto, preséntate, igual apruebas”…….., “No pierdas esta oportunidad, siempre tendrás ocasión de arrepentirte”. Puede, incluso, que me lo hubiera planteado como un reto, ¿por qué no?, vamos a probar a ver que pasa.

Lo cierto es que, sin convicción, compré uno de los pocos temarios que en aquel momento existía, (en ese momento la ilusión de ser policía aún no se había convertido en negocio), era un tocho fotocopiado, escrito a máquina y con cubiertas de cartulina de color azul. También asistí, más por curiosidad que por otra cosa, a un curso de preparación que se impartía para nuevos aspirantes. Sólo fui capaz de ir en dos o tres ocasiones, aquello me pareció una solemne pérdida de tiempo.

Conseguí memorizar el primero de los temas propuestos, “El Estado”, el resto los leí. Unos los dominaba en cierta forma y otros solamente los entendí. Quería saber, al menos, qué era lo que preguntarían en los exámenes.

Superé sin apenas esfuerzo las pruebas físicas, en aquél momento eso no era ningún problema. Había conseguido superar el primer obstáculo del reto.

El examen oral era otra historia. En un salón lleno de observadores cada candidato tenía que salir frente al tribunal, tomar de una bolsa negra una ficha con un número (cada número se correspondía con un tema) y a continuación tenías que recitar durante, al menos, diez minutos el tema que te hubiera caído en suerte. Tuve la mala o la buena fortuna, según se mira, de atinar a coger uno de los temas que sólo había leído, así que improvisé. Decidí que la mejor opción sería declamar el tema que sí había sido capaz de aprender de memoria y olvidar completamente del que me había asignado la fortuna, total, a los miembros del tribunal posiblemente les daría igual. Así que me arrojé al vacío y les conté todo lo que sabía del Estado, de su forma de organización, de las competencias de los distintos órganos administrativos, lo de la división de poderes, Montesquieu, bla, bla, bla, ……

Bueno, los señores del tribunal debían estar pasando por un buen momento, me aprobaron sin rechistar. Cuando colgaron la lista de admitidos y no admitidos en el tablón de anuncios apenas pude dar crédito. No sólo había aprobado, sino que lo hice en buena posición, fui noveno de mi promoción.