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DIÁLOGOS CON EL CAIMÁN

Cuando aquel joven de prácticas llegó a aquel perdido distrito de Madrid, le pusieron, en su primer día, a patrullar con un “veterano” de dos meses de antigüedad efectiva.

En aquel ciclo: mañana, tarde y noche, movidos ambos por la vocación y por sus espíritus jóvenes e inquietos, pasaron 32 filiados y otras tantas matrículas, patrullaron incansables por aquellas largas calles metiéndole al destartalado BX un centenar y medio de Kilómetros más, y fueron con los pirulos puestos a casi todas las llamadas a las que acudieron. Aquel joven de prácticas no tuvo, en aquella ocasión, su primer detenido pero aprendió, según le dijo su veterano, que se debía patrullar entre 9:00 y las 10:00 horas de la mañana insistentemente por las calles con comercios pues es cuando abren y cuando pueden ser atracadas. En general se sentía a gusto con aquel compañero pese a que en una riña domiciliaria les habían ninguneado un poco.

Cuando terminaban y salían del servicio de noche, el viejo guardia que estaba de operador de sala, se acercó a ellos y les echó la bronca:

-¿Os habéis pensado que vosotros estáis aquí para pasar a todos los madrileños y sus coches y que yo estoy aquí sólo para daros gusto o qué? “Otro caimanorro”- pensaron- y se fueron a dormir sin más.

Al volver al siguiente turno, la fortuna ya no sonreía al de prácticas: le habían puesto de compañero a un caimán.

-¿Tienes ganas de trabajar hoy como el otro día con fulano “el nuevo”? -Le preguntó aquel gigantón de cincuenta y tantos años, con una voz que hacía que temblara la estancia y cuyo eco se propagaba por los pasillos de Comisaría.

-Pues sí, tengo ganas… para eso nos pagan ¿no?

-¡Pues siéntate ahí hasta que se te pasen! -Le dijo mientras el resto de veteranos del grupo, incluido el jefe de turno, le reían la gracia. Cosa que a él, lógicamente, no le hizo ni pizca.

Ya en el vehículo, unos minutos después, le volvió a preguntar: ¿sabes lo primero que hay que hacer por las mañanas?

-Sí, supongo que patrullar los comercios para evitar robos.-contestó como creyéndose poseedor de una verdad inmutable.

-Pues no, eso es algo que te habrá dicho ese ‘puto nuevo’ que acaba de salir del cascarón, pero no es eso, lo primero es desayunar. Porque si ‘el guardia’ no desayuna no rinde bien.

Tras el desayuno, a eso de las 9:30 horas, aquel barbudo con mirada de león fiero, sin decir ni oste ni moste, le llevó a los límites del Distrito que eran las afueras de la ciudad, donde el paisaje de los comercios, los edificios y el asfalto se cambiaba, en rápida transición, por el de los arrabales, las chabolas y los senderos; donde se acaba todo para los ciudadanos pero empieza el inframundo para los policías y los delincuentes. Le señaló un coche aparcado junto a otros y le dijo: “ése está robado”. Efectivamente así era. Recuperó su primer vehículo sustraído esa mañana. Le explicó –con tono irónico- que los ‘choros’ no son madrugadores y que los coches que roban en la noche los abandonan, al amanecer, en sitios como aquel, donde tardarían mucho en ser descubiertos porque los policías “nuevos” se dedican a pasearse por las calles dejando esto para los guardias viejos. Por las mañanas temprano –le dijo- apunta: buscar coches sustraídos.

Luego tras terminar de hacer el papeleo en Comisaría, le dio un par de vueltas por su sector y en un momento dado le dijo que “ya estaba bien de hacer kilómetros” y le llevó “a hacer gestiones” que al joven le sonaron a “escaqueo feroz”. Paró el vehículo y se fue andando a varios Bancos, en alguno de los cuales tenía cuenta y donde aprovechó para hacer unos pagos. En otros simplemente se dedicaba a hablar con los empleados, todos parecían conocerle y agradecer la visita, aparte de banalidades le hablaron sobre varios sujetos que habían tratado de cobrar cheques falsos y sobre un par de sudamericanos que les parecían “cogoteros”.

Al joven de prácticas no le gustaba nada que el zeta estuviese parado, le parecía que al no circular se estaba perdiendo algo en la gran ciudad, lo suyo era ir a toda velocidad, creía que patrullando por muchos lugares a la vez, por probabilidad, se encontrarían con los servicios buenos. En su ingenuidad pensaba que no era de infantería sino de caballería.

El veterano siguió a lo suyo y hacía con el joven como si este no existiese: detenía el vehículo y se bajaba a hablar con la floristera, con la tendera, y con el charcutero, y se ponía a hablar con ellos de fútbol o de lo que fuera, sin mirar para él. Al final de cada conversación siempre le advertían de algún ‘pájaro’ al que habían visto merodeando, y al joven siempre le parecía una excusa para salvar el hecho de haber estado perdiendo el tiempo. Su aversión contra el espíritu de aquel hombre le sostenía en su lucha secreta; lucha profunda que llega a dar cierta serenidad estúpida al que la siente, y una seguridad entre épica y altiva al que la padece.

Luego, como para fastidiar y no contento con esto, paraba el vehículo para hablar con los jardineros, los barrenderos y todos los operarios municipales, que se encontraba en el camino.

-¡El tío éste, gañán, no hace otra cosa que hablar con todo Dios! -pensaba-.

Uno de estos, un barrendero, le entregó una cartera que alguien había perdido. Hicieron una minuta.

Cuando ya eran la 13.00 horas, le preguntó: ¿qué has aprendido hoy?

-Pues… como no sea teoría y práctica de la plática.

-¡No coño, no! ¡Hemos sembrado para el día de mañana recoger! Esa gente son tus ojos cuando tú no estás. Te han visto de cerca y no desde un vehículo, te conocen por tu nombre y no por tu número. Te avisarán un día de algo y, entretanto, te ponen al día de todo lo que se mueve y menea por aquí. Desde el zeta no te ven, y así además piensan que te preocupas por ellos. Se recogen cosillas que luego te pueden servir. Hala págate una caña, pringao. Y el joven pagó su primera ronda: de caña y de zumo.

Al salir, cuando les llegó el relevo, el de la sala, que era amigo de este, se les acercó y les dijo:

-Le estás enseñando bien ¡así da gusto! Una placa un recuperado; no como el otro día, vaya cantamañanas: pasasteis hasta la placa de un vehículo camuflado.

Al día siguiente, en el servicio de tarde, el veterano le seguía cayendo antipático al joven de prácticas. Al pasar frente a unos chavales que estaban sentados en un banco, se armó de valor y le preguntó si no pasaba filiados.

-¡Para qué y por qué!

-¿Cómo que para qué? para ver si están en Búsqueda y por pillar algún malo.

-En este Distrito a los que están en Búsqueda ya los pillará la secreta. Yo no identifico a nadie sino tengo un motivo, y el que vayan por la calle sin más o tengan malas pintas no lo es. Aquí a los que buscan tienen buena pinta, porque aquí hay mucho choro de guante blanco. No se puede ir por ahí pidiendo los ‘carneses’ como el que pide tabaco. Otra cosa es que hubieran estado fumando porros o bebiendo litronas, pero no es el caso. Una mala intervención da problemas casi siempre. Una intervención que no se hace, casi nunca -sentenció-.

La tarde se fue pasando, pues, sin filiados. Parando en alguna taberna que otra para hablar de lo suyo, de alguna batallita, y de algún malo que el tabernero había visto merodeando; mientras uno se tomaba una cerveza siempre y el otro, invariable, un Biosolan Multifrutas. La emisora (que los coordina) sacó al joven de sus malos pensamientos para con la salud de su compañero. Acudieron a una riña en un domicilio. Los gritos de la discusión se oían desde el portal. Llamaron a la puerta y nada más abrir el matrimonio de treintañeros se quedó como mudo al ver el aspecto del veterano, que más parecía que venía a matarles a ambos que a mediar en un conflicto.

-Buenas tardes o malas, depende ¿no? -dijo con aquella voz autoritaria que tenía, clavando su fieros ojos en los de ambos.

-¡Coño qué manera de entrarles! –Pensó el joven- cuando el ambiente hostil aún se podía cortar con cuchillo, aunque también veía que lo que sí se había cortado era el escándalo, y de cuajo.

Pasaron dentro del piso y le dijo a ella que hablara. Ella contó su versión y cuando le llegó el turno a él, el veterano preguntó: ¿eso que huelo es café?

-Pues sí, ¿quiere una taza?

-Sí, gracias. Yo a estas horas mataría por un buen café. Ande tráigame uno si es tan amable, mujer.

La señora, un poco chocada, se fue y mientras, en su ausencia, el marido, que era un poco meapilas, les contó su versión. Justo lo contrario de la de su parienta, claro. Para cuando volvió la señora con la taza, el veterano ya tenía convencido a aquel tipo de qué era lo mejor, y de que debía hacer las paces y seguir con la vida, ya que para cuatro días que estaba uno… Se tomó el café en tanto que la pareja aquella de mojigatos se terminó de reconciliar. Cuando se marchaba por la puerta, se volvió y les dijo:

-Dentro de un par de días vuelvo por aquí a veros. Si no hay problemas me hacéis un café, y si los hay… pues también. Y se fue dejando tanta paz como ira había al entrar.

El joven de prácticas alucinaba en colores, aún no entendía cómo aquel gañán barbudo sin conocimientos de psicología, sin formación y sin apenas vocabulario se había hecho con la situación, pero le encantó la forma en que dominó la situación, muy diferente a la otra en que los había ninguneado. Ya fuera, de regreso en el coche, le dijo:

-Recuerda: cuando haya una riña o una reyerta separa las partes siempre, con la excusa que sea, pero tenlos separados, así te será más fácil hablar e imponerte.

El veterano cuando se juntaba con otros como él hablaban de los viejos tiempos, del compañerismo, del 24×24, de circunscripciones y de banderas (la doce y la once), de Radiopatrullas e Inspecciones de Guardia, y de cabos y sargentos; en tanto que él sólo hablaba de vocación, de los cinco turnos, de Bases y Brigadas y Unidades, y de la ODAC y el SAC, de oficiales y de subinspectores. Eran dos mundos y dos generaciones separados por un alto muro de incomprensión mutua.

Al tercer día, la noche se le hizo muy larga con aquel aldeano con el que apenas si tenía cosas de las que hablar y con el que, quedaba claro, no hablaba el mismo idioma ni había conexión posible. El veterano le llevó a varios sitios donde había “mujeres solitarias que fuman”. Charlaba con ellas y ellas con él, sin ningún pudor, como si sus dos profesiones perteneciesen a la misma esfera social y marginal. Era una idea, la de mezclarse promiscuamente con cierta gente residual, que le martirizaba tanto como la de llegar a contratar, de servicio, sus “servicios”. Pero no pasó nada de eso. De nuevo le contaron, al final, como para justificar tanta parla, de algún ave nocturna de las de mal agüero al que veían planear por entre las sombras de aquellas calles, de vez en cuando. Al joven, una de las más jóvenes y también de las más guapas de entre aquellas trabajadoras autónomas del amor, le guiñó el ojo cuando se iban. Él pensó en devolverle el guiño pero no se atrevió. Sintió, no obstante, algo raro, algo que empezaba a cambiar en su interior.

-Hijo, la morena te ha mirado ¡Ay, si yo tuviera tú edad y treinta kilos menos! Si quieres que te respeten habla con ellas, pero no mezcles trabajo con placer. Eso como filiar a lo tonto: casi nunca sale bien.

En algún bar de los que es necesario tener mucha sed para verte en la necesidad de entrar, el veterano llevó al novato y tomaron lo de costumbre. Allí, entre tanto personaje noctámbulo y tanto humo flotando en el ambiente, se apareció el jefe de servicio. El joven se puso más tieso que una vela. Pero observó, con alivio, que aquel hombre no venía pedir cuentas sino a charlar un poco. Encima se hablaba con el veterano como si de dos antiguos camaradas se tratase. Pidió una cañita, se la bebió y, cuando ya se iba, les recordó que estuviesen pendientes de un par de coches que se habían dado en la fuga, no nos fueran a hacer un “alunizaje” y otro par de ellos que habían sido sustraídos.

-Bien –pensó el joven ilusionado- algo de acción por fin.

Pero no, hacía el ecuador de aquella noche, cuando cesó el ajetreo y la actividad disminuyó gradualmente hasta hacerse el silencio, y la emisora se quedó callada, el veterano detuvo el coche en un lugar apartado, donde reinaban las sombras de la noche, y se echó a dormir.

El joven se puso a pensar en todo lo que había anhelado que llegase ese momento: el de estar subido a un zeta por fin, en su vocación, en lo que se había esforzado en la oposición, lo estudiado en las clases de Ávila, todo lo sufrido hasta salir de la Academia. Y ahora estaba en uno de esos momentos, tan temidos por él como anunciados por todos, y se vio y sintió ridículo. Por pensar pensó en el otro veterano, “el nuevo”, en su espíritu y animosidad…y le echó de menos.

La emisora rompió su silencio y el soliloquio interior del joven. Se estaba produciendo un alunizaje en una calle céntrica, muy próxima a su punto. Despertó al caimán, éste arrancó y salieron zumbando. Llegaron a tiempo de detener a uno de los dos individuos que se encontraban junto al escaparate fracturado de una tienda de ropa: El joven creyó estar viviendo en una película. Era su primer detenido. Se fijó que el viejo, sin embargo, actuó como si fuera algo normal, de toda la vida, algo a lo que parecía estar muy acostumbrado, dando la descripción y la situación del compinche que se iba por pies del lugar: al que detuvieron tres calles más allá.

Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la ventana de la Inspección de Guardia anunciaban que llegaba el día y se acababa, por fin, el servicio.

Luego vendrían más días de servicio y más detenidos, y más compañeros. Y el joven de prácticas supo, mucho tiempo después de aquel día, que aquel veterano barbudo y gañán era un policía dos veces condecorado con La Blanca porque había sido herido en un atentado y había tenido muchos enfrentamientos armados con atracadores de bancos en los setenta, cuando era joven, aunque él decía que se la habían dado por idiota e inconsciente; que se pasaba todo su tiempo libre velando, como un esclavo, a un hijo pequeño que tenía con leucemia en el hospital. Motivo por el cual, en ocasiones, tenía falta de sueño. Para entonces ya no le caía tan antipático; para entonces empezó a comprender muchas cosas que antes no, como que es posible quedarse traspuesto si tienes razones, aunque no las digas por orgullo, y a entender que, libre de prejuicios, otras tantas cambiarían en adelante su forma de pensar. A partir de entonces aceptaría los guiños que le iba ofreciendo el azar, a tomarle el pulso a la ciudad y a escuchar lo que decían sus gentes. Para entonces se podría decir que empezó a admirarlo y que se le fue desprendiendo algo de la ingenuidad que traía adherida en los laterales de la pequeña maleta de viaje con la que iniciaba el recorrido de su vida. Y poco a poco, con los años, se quitó la coraza de impasibilidad por donde habían estado resbalando todas las lecciones que le habían ido enseñando aquel, y otros caimanes que vendrían después.

 

(RECIBIDO POR CORREO ELECTRÓNICO)


UNA MAÑANA DE PERROS

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Había dejado de llover y los agentes se dirigieron diligentemente al lugar desde donde habían sido requeridos.  Un servicio rutinario: un vehículo abandonado en una de las zonas residenciales de la ciudad.

Cuando trataban de averiguar algún dato que les sirviera para localizar al propietario, vieron aparecer, por entre la maleza de un campo cercano, un pequeño perrillo.  El animal se encontraba totalmente mojado y tiritaba de frío…….

Se trataba de un perro pequeño, de raza indefinida, mezcla, tal vez, de chucho con chihuahua.  Probablemente habría huido del calor del hogar en busca de aventuras y no había previsto, porque un perro difícilmente puede prever estas cosas, que se encontraría solo, perdido y desamparado en medio de una terrible tormenta de agua y viento.  Así que cuando observó a los agentes fue en su busca tratando de conseguir auxilio.

Los agentes captaron rápidamente las circunstancias en las que se encontraba el animal y decidieron prestarle ayuda.  Para ello lo primero sería tratar de averiguar quién era su propietario.  Le abrieron la puerta del patrullero y le hicieron indicaciones para que subiera.  El animal aceptó con alegría el ofrecimiento, entró disparado y se acomodó en el asiento trasero.

En primer lugar lo llevaron a un veterinario para que le hiciera una lectura del microchip y, con ese dato, averiguaron quién era su propietario.  Tras contactar con él le emplazaron para que fuera a recogerlo a Jefatura.

Algo no debió gustarle al animal cuando, una vez en Jefatura, aprovechó un descuido para darse a la fuga.  Huyó como alma que lleva el diablo y no hubo forma de darle alcance, a pesar de que los solícitos funcionarios pusieron todo su empeño en ello.

Los agentes continuaron su patrullaje y unas horas mas tarde localizaron al perro fugado en las proximidades del lugar del que se había evadido.  Temiendo ser nuevamente apresado, el animal se dio otra vez a la fuga seguido de cerca por los agentes. Se introdujo a toda velocidad en una plazoleta donde varias personas, alertadas por los agentes, trataron de detenerlo acorralándolo.  Un agente se situó estratégicamente en un lado, mientras el otro trataba de cerrarle el paso.

Ambos, el servidor de la ley por una parte y la fiera en busca y captura por otra, quedaron enfrentados.  El perro tratando de encontrar una vía de salida y escape y el agente en posición de Iker Casillas tratando de detener un penalti.  Tras un amago el perro decidió entrarle por la derecha aprovechando la sorpresa y tal vez suponiendo que ese sería el lugar mas adecuado.  El funcionario se lanzó en plancha, se arrastró por el asfalto aún mojado por las lluvias y consiguió agarrarlo.  La fiera al verse atrapada decidió pasar a la acción y propinó un fuerte mordisco en un dedo de la mano del agente, quien al notar el pinchazo optó instintivamente por soltarlo.  En ese instante el animal pensó que su captor aún no había recibido todo su merecido, así que calculó fríamente la distancia que les separaba, apuntó y disparó, casi a quemarropa, alcanzando al agente en un brazo.  Lo consiguió, había burlado el cerco policial, había conseguido alcanzar de lleno al agente y, sin solución de continuidad, se alejaba sin mirar atrás con un alegre trotecillo.

El agente no fue consciente del impacto hasta que entraron en el patrullero.  Ambos pudieron percibir un fuerte olor a mierda de perro.  Miraron sus botas para ver si en la refriega alguno había pisado una caca, pero no encontraron nada.  Las suelas estaban limpias, pero a pesar de ello el hedor era insoportable.  Iker trató de componer su uniforme que había quedado un tanto desmadejado en la parada y al tocar su brazo derecho notó una sustancia caliente y pringosa.  Miró sus dedos manchados y comprendió que el perro había defecado sobre su uniforme.

Una hora mas tarde una señora compareció con un cocker spaniel atado con una cuerda.  Lo había encontrado abandonado en la calle y quería comunicar que ella se haría cargo de este otro animal hasta que aparecieran sus propietarios.  Los agentes no pudieron evitar observarlo con cierto recelo.

(Novela negra, negra,…. negra)


EL CRUCIGRAMA RARO.

Era una fría mañana de invierno.  Como cada día, dos agentes, ambos motoristas de tráfico, fueron comisionados para revisar el funcionamiento correcto de todos los grupos semafóricos de la ciudad.  La revisión se realizaba siguiendo un itinerario preestablecido, de forma que no quedara sin verificación ninguno de los semáforos.  La tarea comenzaba temprano, muy temprano, a fin de que las deficiencias que se hubieran observado, pudieran ser trasladadas a la empresa encargada del mantenimiento a primera hora.

Debían ser, por tanto, las seis y media de la mañana cuando los agentes, que ya llevaban algún tiempo cumpliendo su trabajo, llegaron a un tramo de carretera donde se ubicaba un poste semafórico de precaución, (ámbar intermitente de preseñalización de intersección).  En plena calzada a la altura del semáforo observaron un vehículo turismo detenido, algo que les llamó la atención, dado que el conductor de dicho vehículo no tenía ninguna obligación de detenerse ante dicho semáforo y no parecía que hubiera ninguna otra razón que le hubiera obligado a detenerse, a no ser que el vehículo se hubiera averiado.

Los agentes se detuvieron junto al vehículo y se dispusieron a comprobar que era lo que le ocurría al conductor para, en su caso, ayudarle a continuar la marcha.  Al acercarse a la ventanilla, el conductor, al observar la presencia de los agentes y antes de que éstos pudieran preguntarle, se llevó un dedo sobre los labios y les dice:

– Sssshhhhhiiiiiiiisssss……….sssshhhhhiiiiiiisssss………… esto tiene que ser algo de la Guardia Civil, porque el coche me ha hecho un “crucigrama” muy raro y se me ha parado aquí delante de estas luces amarillas que han puesto.

Al mismo tiempo, el acompañante del conductor, que se encontraba sentado en el asiento delantero derecho, aprovechando la atención que los agentes estaban brindando al conductor, abrió la puerta, se bajó a toda velocidad y salió corriendo como alma que lleva el diablo en dirección hacía una de las urbanizaciones colindantes.

Los agentes se dan cuenta que el conductor del vehículo tenía una borrachera de campeonato, un pedo impresionante, los signos eran mas que evidentes, por lo que proceden a retirar el vehículo y apartarlo de la corriente circulatoria, para evitar que pudiera producirse algún accidente y deciden someter al conductor a una prueba de alcoholemia.

A través de la central solicitan un patrullero para trasladar al conductor hasta Jefatura, donde se realizarían las pruebas.  Durante el tiempo de espera del patrullero, el conductor insistía, de forma cansina, en el “crucigrama tan raro” que le había hecho el vehículo.  En un momento determinado el conductor decidió cambiar su discurso y optó por decir que el coche le había hecho “la moviola” y con este argumento se mantuvo hasta el final.

El acompañante huido debió sentir remordimientos de conciencia y unos minutos mas tarde volvió al lugar de los hechos, seguramente con la intención de “entregarse”.  El conductor al verlo aparecer le dice:

-Tranquilo compadre, ¿no ves que son compañeros?.  Que yo he servido en artillería.

El conductor aclaró que su acompañante era su cuñado que había venido de Francia a pasar unos días y “¿quién no se toma cuatro copas con su cuñado cuando lleva tanto tiempo sin verlo?.

-Pero eso sí “yo os juro que han sido cuatro copas nada mas“.

Lo de las cuatro copas lo repitió insistentemente hasta que fue trasladado a Jefatura para someterse a las pruebas.

Una vez en la Jefatura se le hizo soplar (en el antiguo alcoholímetro, ese que daba el valor de la medida en sangre y no en aire espirado, ¡cuánto ha llovido ya!) y dio un resultado de 3.5 gramos de alcohol por litro de sangre.

El conductor al ver el resultado en la pantalla del alcoholímetro, no se le ocurrió otra que decir:

-Para que veáis que yo soy una persona legal, ese cacharro está mal, os dije que han sido cuatro copas las que me he tomado y cuatro copas han sido, no tres y media como dice eso.


EL COCHE DEL PICADOR

La plaza de toros se encuentra situada junto al recinto ferial, o mejor, la feria se extiende como una alfombra a los pies de la plaza.  Los aficionados habituales saben que en tardes de toros es mejor llegar a la plaza a pie o utilizando el transporte público.  Los que deciden ir en sus propios vehículos se arriesgan a rodar y rodar mucho tiempo en busca de un buen sitio donde dejarlo aparcado.  No es difícil ver como todas las zonas próximas a la plaza se llena de vehículos sin que quede prácticamente ninguna plaza libre.  Los osados tientan a la suerte, dejan el vehículo estacionado en cualquier lugar y rezan para que la grúa se averíe o, por lo menos, decida trabajar en otro lugar.

La plaza de toros tiene alrededor un recinto cerrado, controlado por vigilantes jurados, donde solo se permite la entrada de vehículos autorizados (urgencias, médicos, autoridades, etc. etc.).

Una tarde de toros la grúa entró en dicho recinto y empezó a llevarse los vehículos que no tenían autorización, o al menos, que no la exhibían, entre ellos, el de un picador, el del padre de Morante, el del apoderado de El Cid, el del presidente de la corrida.

No se como se las apañaron todos ellos para retirar sus respectivos vehículos del depósito municipal, excepto el picador quien, vestido de picador, aunque sin la pica, se desplazó a retirarlo al cuartelillo.  Obviamente, al buen señor le hizo maldita la gracia y no escatimó en protestas.  Una situación bastante cómica para cualquier observador, menos para el picador, quien terminó la faena paseando palmito en busca del coche perdido.
Cuentan que la iniciativa no fue del agente actuante, aunque la actuación fuese legal.


LA LLAMADA DEL LEÓN

– Policía Local, dígame.
– Hola, güenas noches ¿es la policía local?
– Si, Policía Local, dígame.
– Mire usté, estoy en la calle Patriarca, al ladito del INEM, ¿sabe usté dónde es?
– Si, dígame, ¿qué desea?
– Pues mire usté, no se lo va a creer, pero aquí junto a los contenedores hay un león.
– ¿Cómo dice?, repita, por favor.
– Que aquí, al lado de los contendores hay un león.
– ¿Un león?
– Si señor, un león.
– Oiga, ¿Está usted de guasa?
– No, mire usted, no estoy de guasa, ……… que aquí hay un león, ¡por la gloria de mi madre!, aquí hay un león.
– Pero, ¿qué me está usted contando?
– Oiga, lo que yo le diga, aquí hay un león. ¡Por la gloria de mi madre!. Seguramente se habrá escapado de algún circo o de un zoo. Esto es un león y se está moviendo.
– Vamos a ver, caballero, ¿está usted bebido o qué?
– No señor policía, que no estoy borracho. Yo he cogido muchas borracheras en mi vida, pero hoy estoy fresco, hoy no me he tomado ni una sola copa y esto que tengo delante es un león, ¡por la gloria de mi madre!. Dense prisa en venir a recogerlo o se escapará.
– Entonces, dice usted que está en la calle Secano….
– Si señor, junto al INEM, vengan rápido que éste es capaz de agredir a cualquiera y yo estoy acojonao.
– ¿Cómo se llama usted?.
– Fernando, me llamo Fernando
– Bien, Fernando, quédese tranquilo, no se mueva del sitio en el que se encuentra.
– No señor, no me muevo, ¿cómo me voy a mover?, ¿qué quiere usted que el león me ataque?
– Vale, caballero, enseguida va un patrullero para ese lugar. Indíquele a los policías el lugar exacto donde se encuentra el león.
– Bien, aquí les espero, pero dense prisa.
Recibir una llamada de este calibre a las dos de la madrugada de un día cualquiera puede provocar, de hecho provoca en el mejor de los casos, o un ataque generalizado de risa o de estupor, pero las llamadas y las demandas de servicio hay que atenderlas por muy inverosímiles que puedan parecer. Así que rápidamente se dirigen al lugar todas las patrullas disponibles. La primera patrulla en llegar al lugar se hace cargo de la situación, se entrevistan con el demandante, quien les indica el lugar exacto en el que se encontraba el león y, antes de que los restantes agentes hubieran tenido tiempo de llegar al lugar, atrapan al animal y, pese a la feroz resistencia que opuso a la detención, consiguieron introducirlo en la parte posterior del patrullero (a salvo los agentes gracias a la mampara) y retornan hacía jefatura.

Hay que decir que los agentes resultaron ilesos en su pugna con el león y, a pesar de la valentía que demostraron, no recibieron medallas o condecoraciones, ni tan siquiera una mínima mención.

Obviamente el demandante no solo estaba bebido, sino que cargaba un tremendo tablón y el león tan solo era un peluche.