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NO SOY PERFECTO. LO SIENTO

RECIBIDO POR E-MAIL PERO QUE HACEMOS NUESTRO:

Todos los humanos cometemos errores, y yo he pagado por cada uno de ellos.

En treinta años he visto más de lo que tú nunca verás, más de lo que nadie debería ver nunca.

He intervenido armas de fuego, drogas, cuchillos y navajas, defensas, bates y un sin fin de artilugios semejantes que podían haber resultado mortales para alguno de tus seres queridos o incluso para ti mismo, pero nunca lo sabrás porque estuve allí para evitarlo..

He visto borrachos, drogatas y conductores temerarios de todas las edades que hubieran sido peligrosos para cualquiera en la carretera si yo no hubiera estado ahí para impedírselo.

En muchas ocasiones he puesto mi vida en riesgo con el tráfico rodado, que casi nunca reduce la velocidad, y mucho menos se para a ofrecerte ayuda.

He recogido cuerpos destrozados en las carreteras pero también te he ayudado a cambiar la rueda pinchada de tu coche.

He estado en más peleas de las que puedo contar y en más catástrofes de las que hubiera deseado.

Las llamas de un incendio han quemado mi piel y la sangre de una víctima, incluso de un compañero, han manchado mi uniforme demasiadas veces.

He visto casi cada tipo de muerte que pueda existir y más de las que podáis imaginar.

Debido a mis servicios, casi he muerto en varias ocasiones y he perdido amigos y colegas.

He caminado ese largo paseo hasta la puerta para decirle a una madre, padre, esposa, hijo o familiar que su ser amado nunca volverá a casa.

He aguantado la agonía verbal e incluso las amenazas de esa pobre gente que no puede aguantar su dolor y lo proyecta contra la primera persona que puede, el mensajero de la noticia, yo.

He visto el maltrato y la violencia entre personas que un día se prometieron amor, entre padres e hijos, entre hermanos y entre amigos.

He visto los resultados de la droga y de la violencia en los mismos ojos de la muerte.

He visto los actos más crueles y mezquinos del ser humano.

He visto la enfermedad y la vejez, he ayudado a levantarse al caído y he socorrido al enfermo.

He escuchado a ciudadanos y comerciantes que con derecho se quejan sobre su indefensión ante los delincuentes.

He escuchado los problemas familiares y del vecindario sufridos durante años, ahora se espera que yo lo soluciones en minutos.

Si fallo en mi trabajo, o aún sin fallar, puedo ser fácilmente denunciado ante una justicia que no me ampara, poniendo en riesgo mi trabajo, mi familia y mi propia vida.

Puedo incluso perder mi libertad, por una mala situación que puede requerir una decisión en pocos segundos que a un Juez le llevara años tomar.

He acudido a llamadas de “disparos, robos, violaciones, homicidios” y cualquier posible crimen que puedas nombrar o imaginar.

He visto los ojos de un padre cuando la droga se ha llevado a su hijo.

He visto crímenes con los que nunca soñarías y nunca verás en series ni películas de televisión.

Como un compañero una vez me dijo: “Los policías viven los veinte peores minutos de las vidas de otros”. Sí.

Puede que le haya pedido la documentación alguna vez mientras le indicaba que sacara las manos de los bolsillos.

O haberle sacado de su coche en plena noche mientras le indicaba que mantuviera las manos a la vista.

Incluso haberle pedido que extendiera los brazos y haberle cacheado, todo ello sin motivo aparente para usted.

Pero usted no ha sido apuñalado en un descuido por no cachear a un ciudadano aparentemente normal, ni ha visto como un compañero caía al suelo de un tiro en la cabeza por no tomar medidas de seguridad, tampoco ha ido a visitar a un compañero que se ha quedado invalido al atropellarle un conductor que se dio a la fuga simplemente porque estaba ebrio.

He sido insultado y menospreciado por ciudadanos simplemente por no aparecer en menos de 30 segundos cuando me han necesitado, a pesar de no haber podido acudir antes por estar socorriendo a una chica que se acababa de intentar suicidar.

He escuchado de amigos y familiares como “la Policía no hace nada” como “nos quedamos con droga” como “maltratamos y torturamos a los detenidos” o como “llegamos tarde a propósito”…

He visto a mi esposa escatimar y arañar intentando sacar adelante a tres niños con el sueldo de un policía.

He visto a mis chicos aguantarse cuando se dieron cuenta de que no podía ir a sus actos escolares porque “Papá no tiene un horario normal”.

He visto también a mis chicos llevar una carga que no deberían haber llevado, cuando uno de sus compañeros o amigos ha dicho que “Todos los policías son unos hijos de puta y deberían estar muertos”

He trabajado noches, fines de semana y vacaciones, noche vieja, navidad y hasta el día que tuve mi primer hijo, mientras tu estabas cómodo y seguro en tu casa con tu familia.

Mi familia completa caminó sin mí demasiado tiempo… demasiado tiempo…

He visto las caras de niños que estaban perdidos y que mis colegas y yo tuvimos el privilegio de devolverles a los brazos de su desesperada madre.

He visto hemorragias que he sido capaz de parar, corazones a los que he sido capaz de dar una segunda oportunidad para volver a empezar y a las víctimas del crimen que mis camaradas y yo hemos sido capaces de proteger.

Tengo grabadas en mi mente las caras de las personas cuyas vidas mis compañeros y yo salvamos.

Sí, tengo historias de éxito… y de fallos.

Tengo noches en las que no puedo dormir, simplemente porque veo las caras de los que no pude ayudar, porque no llegue a tiempo o simplemente porque pienso en un “y sí…” para cada caso en que fracasé.

Y si usted nunca ve una milésima parte de esto, es porque la Policía ha hecho su trabajo…

Si cometo el más mínimo fallo lo pagaré dos veces y aún así me pondré mi uniforme, mi arma y mi placa y saldré de nuevo. Porque es lo que los profesionales hacen, porque YO SOY POLICÍA.


LOS TIEMPOS CAMBIAN

Las cosas no siempre han sido tal y como hoy son. En los últimos años se ha producido una importante renovación generacional en la mayoría de plantillas con una gran cantidad de nuevas incorporaciones que, evidentemente, cuentan con un mayor nivel formativo. La renovación ha venido acompañada de nuevos medios, nuevos adelantos técnicos, de nuevas leyes y reglamentos, pero lo que es mas importante, de nuevas formas y de nuevos modos de hacer las cosas,  de nuevos procedimientos.   Aunque a las nuevas incorporaciones, e incluso a las viejas glorias, les pueda parecer extraño por aquello de que la memoria es corta, hasta hace no muchos años en muchas plantillas, no en la nuestra afortunadamente, ocurrían cosas y existían comportamientos propios del siglo diecinueve, así por ejemplo…… Continuar leyendo


EL DESENCANTO

Hace unos días tuvieron lugar unas oposiciones para cubrir un par de plazas de oficial y otras tantas de subinspector  (lo que antes se denominaban  “cabo” y “sargento”).  Para las dos primeras plazas solo se presentaron ocho aspirantes, y para las segundas tan solo un aspirante de una plantilla total de doscientos policías.  Tras el correspondiente examen sólo una plaza de oficial quedó cubierta y también quedó cubierta, tal y como todo el mundo presagiaba, la plaza de subinspector.

Aun siendo significativo el escaso interés que despierta este tipo de convocatorias en el colectivo, no es menos cierto que la tendencia en la reducción en el numero de candidatos se ha podido notar en y desde otras convocatorias anteriores, pero no hasta los niveles de la presente.  Algo grave “debe” pasar en un cuerpo de policía para que se evidencie una tan patente falta de interés entre los agentes.

Desde el sindicato, tras cuestionar las razones que pueden haber llevado a este desinterés, se ha apuntado como causa el “desencanto” de la plantilla por el mal funcionamiento de los recursos y por la mala dirección del cuerpo.

¡Tan solo nueve opositores para un total de cuatro plazas!. Ciertamente, todo apunta como causa de la causa las razones sugeridas desde el sindicato.

El primer eslabón del desencanto esta anudado a las limitaciones estructurales de los propios cuerpos de policía local, que prácticamente no existen en otros cuerpos policiales o, al menos, no son tan evidentes.  Las plantillas locales, salvo en las grandes ciudades, suelen ser relativamente cortas, con un número muy limitado de plazas de dirección y de especialización. Estas plazas suelen ser ocupadas durante periodos de tiempo muy prolongados, dificultando enormemente la rotación y las posibilidades de ascenso o los cambios de destino.

El segundo y sucesivos eslabones tienen que ver con las posibilidades reales de promoción con garantías. Todo el mundo parece estar previamente convencido de que el examen en si no es mas que un mero trámite que hay que cumplir por imperativo legal, pero que nada añade en limpieza y transparencia, y permite, en cambio, ocultar infinidad de maniobras poco claras para hacerse con una de las plazas en juego.

Es normal y frecuente que, desde el momento de la publicación de la convocatoria, el personal realice porras y apuestas sobre quienes serán finalmente los elegidos y todo el mundo parece coincidir y apostar por determinados candidatos, que finalmente se ven confirmados por los resultados.  Realmente es difícil equivocarse cuando cuentas con suficiente información sobre trayectorias vitales y posibles padrinazgos.

Recuerdo que la última vez que cometí la insensatez de presentarme a una de estas convocatorias, hace ya bastantes años, el cúmulo de despropósitos fue total. Tengo aún bastante vívida la imagen del compañero que en la sala de oposiciones se sentaba a mi derecha.  Desde el primer segundo, incluso desde varias horas antes del examen, se mostró sumamente nervioso y  anómalamente alterado,  parecía que le iba la vida en ese examen.  La prueba escrita consistía en un supuesto práctico de derecho penal puro y duro.  Se trataba de uno de los supuestos que solían caer en los exámenes finales de la facultad de derecho, que, por cierto, tuve la oportunidad de resolver satisfactoriamente como en otras ocasiones. Durante las pruebas escritas pude observar que el compañero de mi derecha únicamente acertó a poner su nombre en la parte superior del folio de examen.  Le dio varias vueltas como tratando de encontrar el agujero por el que pudieran fugarse sus esperanzas y cuando vio que aquello era imposible y que no mecería la pena permanecer mas tiempo ante el acusador papel, apenas cinco minutos después del inicio, se levantó y entregó su examen en blanco.  No consiguió contestar ni una sola de las preguntas que nos formularon.  A pesar de ello, aprobó ese examen y consiguió su ansiada plaza. ¡Todo un alarde de sabiduría oriental!.  Evidentemente el criterio corrector del tribunal se había dado un tiempo muerto cuando a sus manos llegó el examen de este candidato. Y este no fue el único caso con características similares, aunque todo pudo ser fruto subjetivo de la envidia, ………de mi envidia.

Por supuesto, a raíz de esta experiencia tomé la decisión de, en sucesivas convocatorias, mantenerme totalmente al margen, salvo que desde las instancias oportunas se ofrecieran garantías suficientes de limpieza, claridad, justicia y honestidad en el desarrollo del proceso.  Como convocatoria tras convocatoria las porras han tenido un rotundo éxito, no he vuelto a repetir la experiencia y solo he seguido los acontecimientos desde la apatía, desde la distancia y desde el desencanto, pero siempre con mi boleto de apuesta segura o casi segura en el bolsillo.

La historia insiste en repetirse.


La navaja de Occam

“En ausencia de evidencia, es mejor pronunciarse por la teoría mas simple.”