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CASUALIDAD

Habíamos recibido, como era habitual, un escrito del juzgado pidiéndonos que confeccionáramos un plano o dibujo de una determinada calle de la ciudad, en la que unos meses atrás se había producido un accidente de tráfico entre un turismo y una motocicleta. En el escrito no establecían plazos para su contestación, pero, a pesar de ello, nos dispusimos a cumplimentarlo lo antes posible. No conocíamos la ubicación exacta de la calle, así que tuvimos que tirar de callejero para situarla.

Nos personamos en el lugar al filo de la media noche y pudimos comprobar que la calle no era tal, sino un tramo de vía peatonal bastante corto y separado de uno de los viales de una urbanización colindante por unos setos, con un entramado de jardines, zonas de estacionamientos, varios bloques de pisos y vía de circulación un tanto complejo. Dado que el oficio del juzgado únicamente hacía mención a la calle, no encontrábamos ningún elemento que nos situara en el lugar exacto en el que ocurrió el siniestro. Recorrimos la vía de la urbanización de unos trescientos metros de longitud y solo encontramos cientos de vehículos estacionados, unos en fila y otros en batería, no había ni un alma al que preguntar. Como no teníamos datos suficientes, desistimos de continuar con el encargo y decidimos pedir al juzgado que nos ampliaran la información.

Volvíamos al patrullero cuando observamos a una chica que salía de uno de los bloques de pisos con una bolsa de basura. Le dije a mi compañero que podríamos preguntarle, igual ella sabría decirnos si los viales de la urbanización entraban en el desarrollo de la calle o si conocía dónde se pudo producir el accidente. Mi compañero respondió con un gesto de escepticismo. La chica desapareció al fondo, entre los setos del jardín. Cuando llegamos a su altura no la veíamos. Parecía que se nos había escapado la oportunidad. Nos dirigimos de nuevo hacía el patrullero. En ese instante volvió a aparecer, ya liberada de la bolsa, así que fuimos a preguntarle.

La chica pareció bastante sorprendida. No sabía darnos una respuesta concreta, solo acertó a aclarar que algunos vecinos de la urbanización solían utilizar el nombre de aquella calle en el correo para que el cartero supiera con más o menos exactitud adonde tenía que ir. Su sorpresa por nuestra presencia en ese lugar fue en aumento, así hasta llegar a la preocupación. “¿Ha pasado algo?”, nos dijo. “No, no se preocupe, no pasa nada, tan solo que estamos tratando de cumplimentar un oficio del juzgado y para ello tenemos que localizar el punto en el que se produjo un accidente de tráfico hace unos meses entre un turismo y una motocicleta”.

La chica parecía cada vez más sorprendida. “Pues a eso sí les puedo ayudar”, acertó a decir, “Si, bueno, es que yo estuve implicada en ese accidente. Se trataba de mi vehículo. Así es, una motocicleta colisionó contra mi coche cuando paré ahí mismo, a la altura del portal tres”.

Ahora la sorpresa era nuestra, varios bloques de viviendas, con varios cientos de vecinos en las inmediaciones y precisamente acude en nuestra ayuda la única persona que podía hacerlo. “¿Está usted segura, señora?”. “Si claro que lo estoy, que yo sepa por aquí no se ha producido ningún otro accidente en los últimos meses. Además, el juicio por este accidente lo tenemos mañana.” “¿Mañana?”, inquirió mi compañero con curiosidad. “Si agente, mañana, además, mi abogado había solicitado al juez que por parte de la policía se aportara un plano o un croquis del lugar para poder explicar con mayor claridad cómo se produjeron los hechos”. “Pues nada, señora, que sepa que el destino ha querido que la encontráramos. Mañana podrá contar con el plano que habían pedido”. “Pues no saben cómo les agradezco”. “No hay de qué, señora, todo esto es fruto de la simple casualidad”.

Hay quien dice que la casualidad no existe, que simplemente acudimos a ella para encontrar explicaciones sobre hechos que no comprendemos. Puede que sea así, o puede que seamos atraídos por una fuerza invisible hacia lo que no conocemos, ni tenemos capacidad para prever.

 


DIÁLOGOS CON EL CAIMÁN

Cuando aquel joven de prácticas llegó a aquel perdido distrito de Madrid, le pusieron, en su primer día, a patrullar con un “veterano” de dos meses de antigüedad efectiva.

En aquel ciclo: mañana, tarde y noche, movidos ambos por la vocación y por sus espíritus jóvenes e inquietos, pasaron 32 filiados y otras tantas matrículas, patrullaron incansables por aquellas largas calles metiéndole al destartalado BX un centenar y medio de Kilómetros más, y fueron con los pirulos puestos a casi todas las llamadas a las que acudieron. Aquel joven de prácticas no tuvo, en aquella ocasión, su primer detenido pero aprendió, según le dijo su veterano, que se debía patrullar entre 9:00 y las 10:00 horas de la mañana insistentemente por las calles con comercios pues es cuando abren y cuando pueden ser atracadas. En general se sentía a gusto con aquel compañero pese a que en una riña domiciliaria les habían ninguneado un poco.

Cuando terminaban y salían del servicio de noche, el viejo guardia que estaba de operador de sala, se acercó a ellos y les echó la bronca:

-¿Os habéis pensado que vosotros estáis aquí para pasar a todos los madrileños y sus coches y que yo estoy aquí sólo para daros gusto o qué? “Otro caimanorro”- pensaron- y se fueron a dormir sin más.

Al volver al siguiente turno, la fortuna ya no sonreía al de prácticas: le habían puesto de compañero a un caimán.

-¿Tienes ganas de trabajar hoy como el otro día con fulano “el nuevo”? -Le preguntó aquel gigantón de cincuenta y tantos años, con una voz que hacía que temblara la estancia y cuyo eco se propagaba por los pasillos de Comisaría.

-Pues sí, tengo ganas… para eso nos pagan ¿no?

-¡Pues siéntate ahí hasta que se te pasen! -Le dijo mientras el resto de veteranos del grupo, incluido el jefe de turno, le reían la gracia. Cosa que a él, lógicamente, no le hizo ni pizca.

Ya en el vehículo, unos minutos después, le volvió a preguntar: ¿sabes lo primero que hay que hacer por las mañanas?

-Sí, supongo que patrullar los comercios para evitar robos.-contestó como creyéndose poseedor de una verdad inmutable.

-Pues no, eso es algo que te habrá dicho ese ‘puto nuevo’ que acaba de salir del cascarón, pero no es eso, lo primero es desayunar. Porque si ‘el guardia’ no desayuna no rinde bien.

Tras el desayuno, a eso de las 9:30 horas, aquel barbudo con mirada de león fiero, sin decir ni oste ni moste, le llevó a los límites del Distrito que eran las afueras de la ciudad, donde el paisaje de los comercios, los edificios y el asfalto se cambiaba, en rápida transición, por el de los arrabales, las chabolas y los senderos; donde se acaba todo para los ciudadanos pero empieza el inframundo para los policías y los delincuentes. Le señaló un coche aparcado junto a otros y le dijo: “ése está robado”. Efectivamente así era. Recuperó su primer vehículo sustraído esa mañana. Le explicó –con tono irónico- que los ‘choros’ no son madrugadores y que los coches que roban en la noche los abandonan, al amanecer, en sitios como aquel, donde tardarían mucho en ser descubiertos porque los policías “nuevos” se dedican a pasearse por las calles dejando esto para los guardias viejos. Por las mañanas temprano –le dijo- apunta: buscar coches sustraídos.

Luego tras terminar de hacer el papeleo en Comisaría, le dio un par de vueltas por su sector y en un momento dado le dijo que “ya estaba bien de hacer kilómetros” y le llevó “a hacer gestiones” que al joven le sonaron a “escaqueo feroz”. Paró el vehículo y se fue andando a varios Bancos, en alguno de los cuales tenía cuenta y donde aprovechó para hacer unos pagos. En otros simplemente se dedicaba a hablar con los empleados, todos parecían conocerle y agradecer la visita, aparte de banalidades le hablaron sobre varios sujetos que habían tratado de cobrar cheques falsos y sobre un par de sudamericanos que les parecían “cogoteros”.

Al joven de prácticas no le gustaba nada que el zeta estuviese parado, le parecía que al no circular se estaba perdiendo algo en la gran ciudad, lo suyo era ir a toda velocidad, creía que patrullando por muchos lugares a la vez, por probabilidad, se encontrarían con los servicios buenos. En su ingenuidad pensaba que no era de infantería sino de caballería.

El veterano siguió a lo suyo y hacía con el joven como si este no existiese: detenía el vehículo y se bajaba a hablar con la floristera, con la tendera, y con el charcutero, y se ponía a hablar con ellos de fútbol o de lo que fuera, sin mirar para él. Al final de cada conversación siempre le advertían de algún ‘pájaro’ al que habían visto merodeando, y al joven siempre le parecía una excusa para salvar el hecho de haber estado perdiendo el tiempo. Su aversión contra el espíritu de aquel hombre le sostenía en su lucha secreta; lucha profunda que llega a dar cierta serenidad estúpida al que la siente, y una seguridad entre épica y altiva al que la padece.

Luego, como para fastidiar y no contento con esto, paraba el vehículo para hablar con los jardineros, los barrenderos y todos los operarios municipales, que se encontraba en el camino.

-¡El tío éste, gañán, no hace otra cosa que hablar con todo Dios! -pensaba-.

Uno de estos, un barrendero, le entregó una cartera que alguien había perdido. Hicieron una minuta.

Cuando ya eran la 13.00 horas, le preguntó: ¿qué has aprendido hoy?

-Pues… como no sea teoría y práctica de la plática.

-¡No coño, no! ¡Hemos sembrado para el día de mañana recoger! Esa gente son tus ojos cuando tú no estás. Te han visto de cerca y no desde un vehículo, te conocen por tu nombre y no por tu número. Te avisarán un día de algo y, entretanto, te ponen al día de todo lo que se mueve y menea por aquí. Desde el zeta no te ven, y así además piensan que te preocupas por ellos. Se recogen cosillas que luego te pueden servir. Hala págate una caña, pringao. Y el joven pagó su primera ronda: de caña y de zumo.

Al salir, cuando les llegó el relevo, el de la sala, que era amigo de este, se les acercó y les dijo:

-Le estás enseñando bien ¡así da gusto! Una placa un recuperado; no como el otro día, vaya cantamañanas: pasasteis hasta la placa de un vehículo camuflado.

Al día siguiente, en el servicio de tarde, el veterano le seguía cayendo antipático al joven de prácticas. Al pasar frente a unos chavales que estaban sentados en un banco, se armó de valor y le preguntó si no pasaba filiados.

-¡Para qué y por qué!

-¿Cómo que para qué? para ver si están en Búsqueda y por pillar algún malo.

-En este Distrito a los que están en Búsqueda ya los pillará la secreta. Yo no identifico a nadie sino tengo un motivo, y el que vayan por la calle sin más o tengan malas pintas no lo es. Aquí a los que buscan tienen buena pinta, porque aquí hay mucho choro de guante blanco. No se puede ir por ahí pidiendo los ‘carneses’ como el que pide tabaco. Otra cosa es que hubieran estado fumando porros o bebiendo litronas, pero no es el caso. Una mala intervención da problemas casi siempre. Una intervención que no se hace, casi nunca -sentenció-.

La tarde se fue pasando, pues, sin filiados. Parando en alguna taberna que otra para hablar de lo suyo, de alguna batallita, y de algún malo que el tabernero había visto merodeando; mientras uno se tomaba una cerveza siempre y el otro, invariable, un Biosolan Multifrutas. La emisora (que los coordina) sacó al joven de sus malos pensamientos para con la salud de su compañero. Acudieron a una riña en un domicilio. Los gritos de la discusión se oían desde el portal. Llamaron a la puerta y nada más abrir el matrimonio de treintañeros se quedó como mudo al ver el aspecto del veterano, que más parecía que venía a matarles a ambos que a mediar en un conflicto.

-Buenas tardes o malas, depende ¿no? -dijo con aquella voz autoritaria que tenía, clavando su fieros ojos en los de ambos.

-¡Coño qué manera de entrarles! –Pensó el joven- cuando el ambiente hostil aún se podía cortar con cuchillo, aunque también veía que lo que sí se había cortado era el escándalo, y de cuajo.

Pasaron dentro del piso y le dijo a ella que hablara. Ella contó su versión y cuando le llegó el turno a él, el veterano preguntó: ¿eso que huelo es café?

-Pues sí, ¿quiere una taza?

-Sí, gracias. Yo a estas horas mataría por un buen café. Ande tráigame uno si es tan amable, mujer.

La señora, un poco chocada, se fue y mientras, en su ausencia, el marido, que era un poco meapilas, les contó su versión. Justo lo contrario de la de su parienta, claro. Para cuando volvió la señora con la taza, el veterano ya tenía convencido a aquel tipo de qué era lo mejor, y de que debía hacer las paces y seguir con la vida, ya que para cuatro días que estaba uno… Se tomó el café en tanto que la pareja aquella de mojigatos se terminó de reconciliar. Cuando se marchaba por la puerta, se volvió y les dijo:

-Dentro de un par de días vuelvo por aquí a veros. Si no hay problemas me hacéis un café, y si los hay… pues también. Y se fue dejando tanta paz como ira había al entrar.

El joven de prácticas alucinaba en colores, aún no entendía cómo aquel gañán barbudo sin conocimientos de psicología, sin formación y sin apenas vocabulario se había hecho con la situación, pero le encantó la forma en que dominó la situación, muy diferente a la otra en que los había ninguneado. Ya fuera, de regreso en el coche, le dijo:

-Recuerda: cuando haya una riña o una reyerta separa las partes siempre, con la excusa que sea, pero tenlos separados, así te será más fácil hablar e imponerte.

El veterano cuando se juntaba con otros como él hablaban de los viejos tiempos, del compañerismo, del 24×24, de circunscripciones y de banderas (la doce y la once), de Radiopatrullas e Inspecciones de Guardia, y de cabos y sargentos; en tanto que él sólo hablaba de vocación, de los cinco turnos, de Bases y Brigadas y Unidades, y de la ODAC y el SAC, de oficiales y de subinspectores. Eran dos mundos y dos generaciones separados por un alto muro de incomprensión mutua.

Al tercer día, la noche se le hizo muy larga con aquel aldeano con el que apenas si tenía cosas de las que hablar y con el que, quedaba claro, no hablaba el mismo idioma ni había conexión posible. El veterano le llevó a varios sitios donde había “mujeres solitarias que fuman”. Charlaba con ellas y ellas con él, sin ningún pudor, como si sus dos profesiones perteneciesen a la misma esfera social y marginal. Era una idea, la de mezclarse promiscuamente con cierta gente residual, que le martirizaba tanto como la de llegar a contratar, de servicio, sus “servicios”. Pero no pasó nada de eso. De nuevo le contaron, al final, como para justificar tanta parla, de algún ave nocturna de las de mal agüero al que veían planear por entre las sombras de aquellas calles, de vez en cuando. Al joven, una de las más jóvenes y también de las más guapas de entre aquellas trabajadoras autónomas del amor, le guiñó el ojo cuando se iban. Él pensó en devolverle el guiño pero no se atrevió. Sintió, no obstante, algo raro, algo que empezaba a cambiar en su interior.

-Hijo, la morena te ha mirado ¡Ay, si yo tuviera tú edad y treinta kilos menos! Si quieres que te respeten habla con ellas, pero no mezcles trabajo con placer. Eso como filiar a lo tonto: casi nunca sale bien.

En algún bar de los que es necesario tener mucha sed para verte en la necesidad de entrar, el veterano llevó al novato y tomaron lo de costumbre. Allí, entre tanto personaje noctámbulo y tanto humo flotando en el ambiente, se apareció el jefe de servicio. El joven se puso más tieso que una vela. Pero observó, con alivio, que aquel hombre no venía pedir cuentas sino a charlar un poco. Encima se hablaba con el veterano como si de dos antiguos camaradas se tratase. Pidió una cañita, se la bebió y, cuando ya se iba, les recordó que estuviesen pendientes de un par de coches que se habían dado en la fuga, no nos fueran a hacer un “alunizaje” y otro par de ellos que habían sido sustraídos.

-Bien –pensó el joven ilusionado- algo de acción por fin.

Pero no, hacía el ecuador de aquella noche, cuando cesó el ajetreo y la actividad disminuyó gradualmente hasta hacerse el silencio, y la emisora se quedó callada, el veterano detuvo el coche en un lugar apartado, donde reinaban las sombras de la noche, y se echó a dormir.

El joven se puso a pensar en todo lo que había anhelado que llegase ese momento: el de estar subido a un zeta por fin, en su vocación, en lo que se había esforzado en la oposición, lo estudiado en las clases de Ávila, todo lo sufrido hasta salir de la Academia. Y ahora estaba en uno de esos momentos, tan temidos por él como anunciados por todos, y se vio y sintió ridículo. Por pensar pensó en el otro veterano, “el nuevo”, en su espíritu y animosidad…y le echó de menos.

La emisora rompió su silencio y el soliloquio interior del joven. Se estaba produciendo un alunizaje en una calle céntrica, muy próxima a su punto. Despertó al caimán, éste arrancó y salieron zumbando. Llegaron a tiempo de detener a uno de los dos individuos que se encontraban junto al escaparate fracturado de una tienda de ropa: El joven creyó estar viviendo en una película. Era su primer detenido. Se fijó que el viejo, sin embargo, actuó como si fuera algo normal, de toda la vida, algo a lo que parecía estar muy acostumbrado, dando la descripción y la situación del compinche que se iba por pies del lugar: al que detuvieron tres calles más allá.

Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la ventana de la Inspección de Guardia anunciaban que llegaba el día y se acababa, por fin, el servicio.

Luego vendrían más días de servicio y más detenidos, y más compañeros. Y el joven de prácticas supo, mucho tiempo después de aquel día, que aquel veterano barbudo y gañán era un policía dos veces condecorado con La Blanca porque había sido herido en un atentado y había tenido muchos enfrentamientos armados con atracadores de bancos en los setenta, cuando era joven, aunque él decía que se la habían dado por idiota e inconsciente; que se pasaba todo su tiempo libre velando, como un esclavo, a un hijo pequeño que tenía con leucemia en el hospital. Motivo por el cual, en ocasiones, tenía falta de sueño. Para entonces ya no le caía tan antipático; para entonces empezó a comprender muchas cosas que antes no, como que es posible quedarse traspuesto si tienes razones, aunque no las digas por orgullo, y a entender que, libre de prejuicios, otras tantas cambiarían en adelante su forma de pensar. A partir de entonces aceptaría los guiños que le iba ofreciendo el azar, a tomarle el pulso a la ciudad y a escuchar lo que decían sus gentes. Para entonces se podría decir que empezó a admirarlo y que se le fue desprendiendo algo de la ingenuidad que traía adherida en los laterales de la pequeña maleta de viaje con la que iniciaba el recorrido de su vida. Y poco a poco, con los años, se quitó la coraza de impasibilidad por donde habían estado resbalando todas las lecciones que le habían ido enseñando aquel, y otros caimanes que vendrían después.

 

(RECIBIDO POR CORREO ELECTRÓNICO)


PEDRO, POLICÍA LOCAL DE ARROYO DE SAN SERVÁN

Para quien no lo sepa Pedro José Torrado es el policía local de Arroyo de San Serván (Badajoz), que hace unos día liberó a una niña de 14 años que había sido raptada y obligada a prostituirse. La menor, según parece, procedía de un barrio lujoso de Madrid y se enamoró de un joven rumano, quien, por más señas, se dedicaba a robar coches. La menor fue obligada a prostituirse y así ha permanecido durante más de dos meses.

Tras la intervención de Pedro, trece personas fueron detenidas por la guardia civil acusados de detención ilegal, extorsión y exploración sexual. De entre los detenidos siete son miembros de la familia rumana que la había raptado y otros cinco vecinos del pueblo, entre ellos, el juez de paz y, según parece, un concejal de Izquierda Unida, quien tras ser detenido y puesto en libertad con cargos, se quitó la vida pegándose un tiro en la cabeza con una escopeta de caza. Toda una sórdida historia que ha acaparado la atención de los medios de comunicación de todo el país.

El calvario que ha debido sufrir la menor es difícilmente imaginable. Fue engañada por su “novio” rumano, a quien, según la información facilitada por los medios de comunicación, conoció en la calle, se encaprichó de él y, tras varios encuentros, la convenció para que le acompañara hasta el pueblo. El joven rumano y su familia la sometieron malos tratos y todo apunta a que fue ofrecida sexualmente los vecinos del pueblo por treinta o cincuenta euros durante casi tres meses. Y todo ello con el desconocimiento de una parte de la población, la complicidad de otra parte y el silencio de la mayoría. Ni el ayuntamiento sabia nada, ni la guardia civil, ni la jueza que investiga el caso, ni nadie.

Fue únicamente Pedro quien decidió tomar cartas en el asunto y, tras tener noticias de lo que estaba ocurriendo, acabó con el cautiverio de la menor liberándola. Pedro había conseguido localizar el paradero de la niña gracias a sus confidentes. Tras ser rescatada, Pedro la entregó a la Guardia Civil y posteriormente fue trasladada a un centro de menores de Montijo, donde pudo contactar por primera vez con sus padres. “Era una niña de 14 años que aparentaba tener 12. Delgadita, muy poquita cosa, asustada y estaba muy débil. Intenté tranquilizarla”. Contaba el policía Pedro en días posteriores.

A pesar de la escabrosidad de la historia, parecía que se prometía un final feliz. Pero no fue así. Pedro, nuestro personaje, el autor de la liberación de la niña y que unos día antes era considerado un héroe por su acción, fue detenido el día de nochebuena por la Guardia Civil.

Ha sido acusado de un delito de infidelidad en la custodia de documentos, es decir, se le acusa de haber filtrado información confidencial a la prensa sobre el rescate de la niña, después de que la jueza de instrucción de Montijo decretara el secreto del sumario para proteger a la menor.

Realmente es difícil comprender determinadas cosas. No parece lógico que la única persona que tuvo la iniciativa para rescatar a la niña, con mejor o peor criterio, pero con absoluto éxito, se encuentre ahora incurso en una acusación por revelar supuestos “datos” confidenciales, cuando en este país, si de algo podemos sentirnos especialmente “orgullosos” es precisamente de que la opinión publica conoce detalles de determinadas investigaciones declaradas secretas por los respectivos jueces, antes incluso que los propios investigados o imputados y de que los casos más aberrantes ocurridos en los últimos años se han ventilados en las tertulias televisivas sin que nadie haya hecho absolutamente nada para remediarlo. Es realmente chocante que en un primer momento los acontecimientos tuvieran como centro de atención lo realmente importante de la historia, que no es ni más ni menos que la liberación de la menor, y que se haya desviado el punto de atención hacia la persona que efectivamente ha propiciado que esa historia tuviera un final razonablemente feliz, pero no precisamente para reconocerle su acción, sino para todo lo contrario.

Pedro fue detenido en nochebuena, como un vulgar delincuente. No podían haber esperado a otro momento más oportuno. Ni su condición de agente de la autoridad, ni su entrega al realizar un más que meritorio servicio a la sociedad, ni que es una persona muy conocida en el pueblo, fueron tenidos en cuenta por los agentes de la Guardia Civil que procedieron a su detención, a pesar de que no existieran indicios de que Pedro pretendiera eludir la acción de la justicia, en el supuesto de que sus declaraciones hubieran perjudicado de alguna forma la investigación, y a pesar de que esa investigación y las posteriores detenciones no se habrían iniciado si no hubiera sido por la intervención de Pedro (al menos es probable que los hechos hubieran tardado más en conocerse y se habría prolongado el sufrimiento de la menor).

La esposa de Pedro apunta que la iniciativa de la detención no partió de la jueza, sino de la Guardia Civil, aunque aquella ha tomado la denuncia en consideración, y en algunos foros se apunta a rencillas personales. No lo sé, supongo que eso se aclarará en las próximas semanas.

Lo que si parece cierto, al menos así parece publicado en facebook, es que Pedro viene denunciando desde hace algún tiempo acoso laboral en su trabajo.


UN ALIJO DE LIMONES

La noticia aparecida en LAVERDAD.ES (Murcia) no puede ser más curiosa. No sabría decir si los dos pollos trataban de huir por haber robado los limones o por circular con el vehículo sustraido o por conducir sin carnet. En la noticia no se nos aclaran estos extremos. ¿Por qué huyeron, entonces?, ¿y por qué se resisten a la “detención”?, ¿Se ha prohibido el tráfico de limones en las últimas horas y yo no me he enterado?. Ver para leer:

En la madrugada de ayer, la Policía Local detuvo a un hombre que se dio a la fuga tras ser sorprendido con el automóvil cargado de limones, en la pedanía de El Raal. Los hechos ocurrieron sobre las doce y media de la noche, momento en el que una unidad de la Policía descubrió un vehículo cargado de limones. De forma inmediata, procedieron a dar el alto al conductor del coche, pero los dos ocupantes hicieron caso omiso, emprendiendo la huida, a gran velocidad, por la calle Mayor de El Raal, Vereda del Puente y Mota del Río, en dirección hacia Alicante. Tras esto, decidieron parar y seguir la fuga a pie. Los agentes lograron detener al conductor que dejó herido leve a uno de los policías. El otro ocupante consiguió escapar.


JESÚS NEIRA

Los medios de comunicación se han hecho eco de la noticia de que el presidente del Consejo Asesor del Observatorio Regional contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid, Jesús Neira, fue detenido en días pasados por la Guardia Civil y le han acusado de un delito contra la seguridad vial, por conducir un vehículo a motor en estado de ebriedad.

Según el relato de los hechos, el pasado miércoles el Sr. Neira circulaba por la M-30 conduciendo un vehículo turismo dando bandazos, llegando incluso a colisionar levemente contra un camión. Estos hechos fueron observados por un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, que se encontraba fuera de servicio, quién decidió detener el vehículo y, tras comprobar el estado del conductor, dio aviso a la Guardia Civil.

La Guardia Civil sometió a este señor a las preceptivas pruebas de alcoholemia que, según las informaciones publicadas, arrojaron resultado positivo de 0,87 miligramos de alcohol por litro de aire espirado, es decir, el Sr. Neira conducía con una tasa de alcoholemia triplicando ámpliamente la tasa máxima permitida (0,25 miligramos por litro de aire espirado). El Sr. Neira fue detenido e imputado por un delito contra la seguridad vial. Posteriormente fue puesto en libertad y fue citado para que comparezca ante el Juzgado de Guardia para la celebración del correspondiente juicio.

Este profesor universitario se hizo famoso hace algo más de dos años cuando fue agredido por Antonio Puerta, al que recriminó por maltratar a una mujer, hecho que siempre ha sido negado tanto por el maltratador, como por la supuesta víctima. Las lesiones que sufrió en aquél suceso le postraron en una cama de hospital. Después de recibir numerosos reconocimientos y distinciones y de participar como tertuliano en diversos medios de comunicación, el Sr. Neira fue nombrado presidente del Observatorio Regional Contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid.

Hoy este señor ha intervenido telefónicamente en un programa de televisión para explicar los hechos y para justificar su participación en ellos. Programa en el que, por cierto, el Sr. Neira también había participado como colaborador. Entre otras cosas, el Sr. Neira, ha reconocido que efectivamente había pasado una velada con unos amigos, entre ellos un Comisario de Policía, y que había ingerido una cerveza y posteriormente le habían dado a probar un licor de café, que, por cierto, no le había gustado.

Igualmente reconoció que fue detenido por un policía cuando circulaba por la M-40 y que en ese momento se asustó y luego se alegró de haber sido detenido. Trató de justificar su comportamiento alegando que desde que sufrió la agresión se encuentra en tratamiento y tomando un medicamento que es el que le ha provocado su estado y ha influido en su forma de conducir.

Es cierto que determinados medicamentos pueden influir en la capacidad física, pueden mermar los reflejos y la capacidad de respuesta ante determinados estímulos y puede potenciar los efectos del alcohol en el organismo. Así es, algunos medicamentos pueden actuar como potenciadores del alcohol, pero ningún medicamento tiene efecto multiplicador de la tasa de alcohol.  Es decir, la tasa de alcoholemia, es una medida objetiva del contenido alcohólico, en este caso, en aire espirado y la cantidad de alcohol solo aumenta si se añade nuevo contenido alcohólico, por lo que lo alegado por este señor resulta una muy débil justificación. En cualquier caso, quien está sometido a tratamiento con medicamentos, especialmente si se tiene en cuenta que no se trata de un “indocumentado”, es consciente de que en ningún caso se debe mezclar alcohol con ningún tipo de drogas o medicamentos.

Sorprende que a un señor, por el hecho de ser famoso o conocido, se le dé la oportunidad de justificar un comportamiento que carece de cualquier justificación y que merece el castigo que las leyes contemplan, pero es aún más sorprendente el tratamiento que los colaboradores del programa han dado a los hechos,  la suavidad y la comprensión que han tenido con este señor y más aún que hayan tratado de desviar el núcleo central de la noticia hacia el hecho de que estos acontecimientos hayan sido gravados o fotografiados por algún periodista que casualmente se encontraba presente.

El Sr. Neira, en un alarde de descaro, secundado por algún que otro colaborador, incluso se ha permitido el lujo de acusar a la Guardia Civil de haber dado aviso a los medios de comunicación para que estuvieran presentes y pudieran dejar constancia de los hechos.

Todo esto me recuerda las disparatadas explicaciones que suelen dar algunos conductores que han sido sorprendidos conduciendo bajo el efecto de bebidas alcohólicas y los inútiles remedios que algunos ponen en práctica para rebajar la tasa cuando van a ser sometidos a la prueba. Hay de todo en la viña del señor.


EL SECUESTRO

Debo reconocer que en algún momento perdí toda esperanza de salir con vida de todo aquello. Aún hoy siento el frio acero acariciándome la piel. Noto como su frialdad me quema.

 

Todo se desarrolló de forma tan rápida que apenas tuve oportunidad de reaccionar. Habiamos llegado de realizar las compras semanales. Busqué un estacionamiento lo más cerca posible de casa para aliviar el trabajo de descarga y subida de bolsas. A veces la operación es realmente agotadora, especialmente cuando te ves obligado a realizarla en solitario. El estado de Raquel le impide cargar peso, así que realizo el trabajo en fases. Primero descargo y dejo descansar en el suelo, para luego, poco a poco, transportar todas las bolsas hasta la entrada de la vivienda.

 

Habia conseguido llevar a término la primera fase y me disponía a cerrar la puerta del coche cuando un escalofrío recorrió mi espalda al oír los gritos de una persona que, violentamente y a toda velocidad, se acercaba por detrás. No era capaz de entender que era lo que decía, solo gritos y, a continuación, antes que pudiera volverme, sentí un fuerte golpe en la cabeza que casi me hizo perder el conocimiento y el equilibrio.

 

Eran dos personas, dos varones, probablemente jóvenes a tenor de la fuerza con la que actuaron. No pude distinguir su acento. No tuve oportunidad de verles el rostro. Casi en volandas me condujeron hacia el interior de mi propio vehículo, me obligaron a subir a los asientos traseros. Uno de ellos tomó la posición de conducción y lo puso en marcha, mientras el otro sacó una especie de bolsa de tela de color oscuro, que rapidamente me colocó en la cabeza aislando mis sentidos y evitando ser testigo de lo que me estaba ocurriendo. A lo lejos oía a Raquel gritar pidiendo auxilio. Mi desesperación me hizo suplicar que dejaran en paz a mi mujer. Les hice saber el estado en el que se encontraba y del daño que podrían llegar a hacerle.

 

Los gritos de uno de los dos hombres arreciaron. Me ordenó energicamente que me callara y sentí un dolor punzante primero en una pierna, después en la otra y el frio acero cerca de mi piel.

 

No sabría decir cuando tiempo permanecí en el interior del vehículo, ni qué distancia habíamos recorrido. Si pude notar que un primer tramo debió desarrollarse por autopista. Notaba que circulabamos a gran velocidad. Luego el ronroneo del vehículo se hizo irregular y notaba la fuerza de la inercia meciendome a derecha e izquierda. Habíamos entrado en una zona de curvas y de fuertes subidas y bajadas.

 

Probablemente una hora después el vehículo se había detenido. Uno de los hombres se apeó y todo permaneció en un tenso silencio. Nuevamente noté un dolor punzante en el muslo, luego otra vez más, como si el individuo que aún permanecía a mi lado se estuviera entreteniendo en clavarme algún objeto punzante y afilado. A cada acometida suplicaba por mi vida. El individuo parecía disfrutar con lo que hacía y nuevamente me exigía silencio. Había encontrado una forma cruel de entretener su espera.

 

Los segundos se hicieron horas y los minutos se conviertieron en eternidad.

 

Te vamos a matar colega, así que no grites más, cállate ya, no vas a conseguir nada lloriqueando.

Mi preocupación se centró nuevamente en Raquel. No sabía que le habían hecho. Temí por su vida y por la de mi hijo.

 

Abrieron la puerta y me sacaron a rastras. Me obligaron a permanecer erguido. Las piernas me dolian, casi no podía mantenerme en pié. Oí pasos que se acercaban y como se detenían justo frente a mi. Uno de ellos dijo algo que no entendí y, seguidamente, me despojaron de la bolsa que cubría mi cabeza. Mis ojos se habían aclimatado a la oscuridad y ahora una luz cegadora me impedía distinguir lo que me rodeaba. Creo que llegué a contar hasta cuatro personas, pero bien podrían haber sido más.

 

El que parecía tomar las decisiones, se me acercó lentamente. Me miró fijamente y con desgana se volvió hacía los otros secuestradores.

 

Este no es,…..os habéis vuelto a equivocar. Sóis unos estúpidos incompetentes. Dejadle marchar y vámonos de aquí.

 

Nuevamente sentí un fuerte golpe en la cabeza. Ahora no pude mantener la verticalidad. Caí de rodillas y todo se volvió gris. Permanecí acurrucado casi sin poder moveme.

 

Toma, colega, con esto podrás volver a casa. Algo has ganado,…., no lo vas a perder todo gilipollas.

 

El silencio volvió. Oí alejarse mi coche y como pude me incorporé. Tenia las pienas ensangrentadas y un fuerte hematoma en la cabeza. Miré mi mano, me habían dejado tres euros para volver.

 

Mi coche fue encontrado totalmente calcinado varios días después. Habían borrado cualquier vestigio, cualquier indicio que los identificara e incriminara.


PARA ESO SI QUE VALEN

La lluvia no nos ha abandonado en todo el invierno, eso es cierto, pero hoy es cuando parecía que el cielo se desplomaba sobre la tierra. En dos horas fue tal la tromba de agua caída que, ni tan siguiera las más juiciosas predicciones habrían sido capaces de calibrar lo que hoy nos esperaba.

Zonas arrasadas, caminos intransitables, carreteras comarcales con más de dos palmos de agua, calles convertidas en auténticas riadas, locales, garajes y viviendas inundadas.

Han sido dos horas de auténtico frenesí. Las patrullas no han dado abasto. Se han tenido que multiplicar para poder atender la consecuente lluvia de demandas de sala.

Cortar calles, desviar el tráfico, trasladar vallas de cerramiento hasta agotarlas, evacuar a vecinos atrapados en sus viviendas, rescatar a niños, ancianos e impedidos y buscarles alojamientos alternativos, tratar de aliviar daños, evacuar vehículos bloqueados. Y todo ello bajo una intensísima lluvia que, aún disponiendo del mejor equipo posible, te habría calado hasta los huesos.

Solo ha faltado que todo eso hubiera quedado inmortalizado en una imagen en la que se apreciara al bueno de Pepe, con el agua casi hasta la cintura, rescatando y llevando en brazos a un pequeño. Pero los compañeros no tenían tiempo de dejar constancia gráfica de lo que estaban viviendo.

La señora apareció cuando la tempestad se iba calmando. La indignación la llevaba pintada en la cara. Su queja era la de siempre: “cuando necesitas a la policía local no hay ninguno disponible; seguramente estarían todos resguardados en algún bar evitando mojarse con la lluvia, ahora eso si, para poner multas, para eso si que valen”.