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TIRA Y AFLOJA

Es un autentico ejercicio de fuerza bruta. Consiste en tirar de un extremo de la cuerda hasta hacerte con la voluntad del oponente, quien terminará entregado cuando le fallen las fuerzas.

En esta ocasión no había oponentes, tan solo la propia resistencia que provoca la angostura del tubo en el que  el cable se aloja. Los jóvenes habían hecho un esfuerzo titánico. Centímetro a centímetro habían conseguido extraer los cien metros del codiciado metal. Solo con la fuerza de sus propios brazos. Tirar para ganar distancia y aflojar para recuperar el resuello, y vuelta a empezar. Fueron alternándose para hacer más llevadero el trabajo, hasta que finalmente consiguieron su objetivo. Habían logrado sacar totalmente el cable, que unas semanas antes había sido instalado para proporcionar energía a las farolas de la vía.

Hay casos en los que se agudiza el ingenio para ahorrar trabajo y tiempo. No hace mucho, otros amigos de lo ajeno consiguieron sustraer varios cientos de metros de cable de la autovía. Para ello utilizaron una motocicleta a la que ataban un extremo del cable y con calculadas aceleraciones lo iban sacando poco a poco de su emplazamiento.

Ahora les esperaba otro duro trabajo, despojar el cobre del plástico de protección que lo recubre. Un trabajo que tampoco es fácil de realizar, dado que las nuevas mangueras vienen provistas de materiales ignífugos, lo que dificulta enormemente la tarea. Por esos cien metros de cobre de excelente calidad, valorados en unos quinientos euros, obtendrían en el mercado negro apenas cincuenta euros. Poca cosa para tamaño esfuerzo.

Aún no habían acabado de enrollar el cable y acondicionarlo para el transporte cuando fueron sorprendidos por la patrulla. Quedaron petrificados, sin ánimos para salir huyendo después del tremendo esfuerzo. Sus reacciones fueron diversas. Uno derrumbado sin capacidad de respuesta. El otro con un enfado tremendo al comprobar que su esfuerzo se evaporaba sin resultado.

No obstante podían estar contentos, la fuerza que habían derrochado no sería tenida en cuenta para agravar la pena.


TESIS

Después de una interesante y entretenida sesión con las trabajadoras del Servicio de Atención a las Víctimas, en la que nos ponen de manifiesto el trabajo que realizan para atender a personas que hayan sido víctimas de delitos violentos y específicamente el protocolo de asistencia a mujeres víctimas de violencia de género, se me plantea una duda, que espero ir despejando poco a poco.

Cuando una persona es condenada a menos de dos años de prisión por la comisión de un delito, y siempre que se den los requisitos necesarios, el condenado no tendrá que cumplir su condena en prisión. Se entiende, al menos así lo entiendo yo, que desde el momento en el que la sentencia es firme, el condenado no solo comienza la remisión de su condena, sino que también comienza su rehabilitación social. En este sentido, tanto la pena como la remisión condicional cumplen el fin proclamado en la Constitución de que han de estar orientadas a la rehabilitación social.

Pero en los casos de violencia de género, si el agresor no es condenado a prisión, pero sí es condenado en sentencia firme a no acercarse a la víctima a menos de una determinada distancia durante, por ejemplo, menos de dos años, no existiría posibilidad de rehabilitación hasta que la pena hubiera sito totalmente cumplida, aún en el supuesto de que la víctima y condenado hubieran mostrado su firme deseo de reanudar la convivencia con el compromiso de mantener una relación normal sin la presencia de nuevos actos violentos. En estos casos, creo, el condenado, en contra de sus deseos y de los de su pareja, se verá imposibilitado de reanudar la convivencia y si lo hiciera podría ir a prisión por quebrantamiento de condena. Durante ese tiempo de condena, el condenado no podrá optar a la rehabilitación social mediante la reanudación de su vida en común. Una vez cumplida la condena no habrá el más mínimo inconveniente para ello.

El Estado se coloca como garante de la seguridad de la víctima, no se si de forma excesiva.

Tendré que pensar un poco más sobre ello.


AGUJEROS NEGROS

A algunos jóvenes les asedian auténticos agujeros negros con unas ganas infinitas de tragárselos definitivamente. Las circunstancias personales, la propia historia vital, la educación recibida en el seno familiar, los apoyos, o peor aún, la falta de apoyos en su mundo más próximo, marcan y marcarán el presente y el futuro de muchos jóvenes, adolescentes en muchos casos, que carecen de los mecanismos y recursos personales para enfrentarse al mundo que les rodea. Que terminará engulléndolos sin piedad.

Para que un chaval de quince años, aparentemente normal, decida en un momento de su vida dedicarse al “trapicheo”, es decir, a la venta o distribución de pequeñas cantidades de distintos tipos de drogas, tiene que encontrarse en una situación de abandono familiar, social e institucional. Pero lo peor es que ese “trapicheo” será el primer paso en un camino tortuoso que podría llevarle en un futuro más o menos cercano, a ser “carne de cañón”. A terminar recluido en una celda o, incluso, muerto en cualquier cuneta.

He tenido la oportunidad de conocer a un chaval así, de los que se dedican al “trapicheo” distribuyendo marihuana, hachís y coca, seguramente para sacar algún dinero con el que seguir tirando. Sin padre y con una madre impedida y en silla de ruedas, carente de referencias. Con un pié en el abismo.

Hay quien se resiste a encontrar el término medio, aquél que permitirá mantener una relación cordial y correcta, aún cuando la excusa para llegar a ese término sea el tan cacareado y poco respetado “interés superior del menor”. Padres que, una vez rompen su relación personal y de convivencia, cuando se acaba el amor, en lugar de tratar de encontrar ese punto que permita que los hijos tenidos en común puedan ser felices, disfrutando de un padre y de una madre, utilizan al menor como un objeto personal al que no se está dispuesto a renunciar, ni tan siquiera por unos minutos. En estos casos los menores son utilizados como arma arrojadiza en el desencuentro y en el enfrentamiento personal de sus progenitores. Triste futuro tendrán que vivir estos menores.


LA MIRADA

Su pareja llegó de madrugada completamente ebrio. Ella lo aguardaba descabezando el sueño, tendida sobre un viejo sofá. La niña dormida a su lado. Debía estar alerta por si al regresar necesitara algo. Solícita hasta en esas horas intempestivas. Nada más entrar se desató la tormenta, como en otras tantas ocasiones. Después huyó acobardado.

Te lo puedes imaginar, Javier. No he conseguido sacármelo de la cabeza. Sus ojos aún me miran desde la oscuridad. Aunque no quieras implicarte, te implicas. A veces casi no es posible mantener la equidistancia, ser y mostrarte indiferente ante el sufrimiento ajeno. Dicen que eso es empatía, una especie de capacidad que tenemos la mayoría de los humanos para ponernos en la piel de los demás, de vivenciar la manera en que siente otra persona ante cualquier acontecimiento, no lo se. Otras muchas situaciones similares, y aún peores, no me han dejado huella, como si hubiera estado inmunizado, quizás se debiera a mi estado de ánimo en cada momento.

Llegó muy temprano, o puede que muy tarde. Traía en brazos a una niña de muy corta edad, no más de tres años. Su cara anticipaba lo que luego contó. La mirada perdida, me traspasaba. No me veía. Creo que solo veía su propio sufrimiento. El miedo se reflejaba en su rostro, en sus movimientos, en su forma de hablar. La voz casi no le salía del cuerpo. Se retenía y luego seguía como si le costara encontrar las palabras adecuadas. Era evidente que necesitaba que alguien la ayudara, que la sacara del pozo en el que se había metido.

No se muy bien por qué elegí esta profesión, Javier. Te lo he dicho muchas veces. Y más aún cuando te encuentras ante situaciones como esta. Cuando, aún no faltándote predisposición, no sabes hacía dónde puedes tirar.


ORDEN DE ALEJAMIENTO

Ya me lo habían advertido: en fechas próximas a las fiestas navideñas suele producirse un repunte de los casos de violencia en el ámbito familiar y de otros hechos relacionados con ellos. La violencia en el ámbito familiar y en concreto la violencia de género es una lacra social, tal y como se han hartado de decir los medios de comunicación, que destruye familias y que pone en serio peligro a los sectores más débiles de la sociedad. Dado que este tipo de comportamientos se dan en un ámbito tan especial era lógico pensar que en estas fechas, efectivamente, podrían aumentar significativamente, por tratarse de momentos en los que los sentimientos afloran con mayor fuerza, si cabe.

Eran las siete de la mañana y allí estaba colgado en la reja de una ventana tratando, al parecer, de acceder al interior de la vivienda, o al menos, de otear hacía su interior. Al verse sorprendido se descolgó y, todo lo rápido que pudo, trató de darse a la fuga. En un primer momento los agentes pensaron que podría tratarse de un ladrón que, al no ver conseguido su objetivo, se veía obligado a huir antes de alcanzar su  preciado botín. La sorpresa llegó después de su identificación, cuando se comprobó que sobre ese individuo pesaba una orden de alejamiento de quinientos metros de su ex-pareja, respecto de su vivienda y respecto a los lugares frecuentados por ella y que la reja de la que se había colgado pertenecía precisamente a la vivienda de su ex-pareja.

No supo como explicar su comportamiento, tan solo logró balbucir que quería ver a su hija y que, en ese instante, no había medido convenientemente las consecuencias, que podrían llevarle a la cárcel.

Tal vez fuera el ambiente navideño o, tal vez, el exceso de alcohol después de una noche de festejo lo que provocara en él ese deseo irrefrenable de estar cerca de su hija o, simplemente, de verla, o puede que tan sólo se tratara de una simple escusa.

A saber que fue lo que pasó por su mente.

Fuente de la imágen:  JULIO GONZÁLEZ

MENUDEO DE HACHÍS

No se trataba de un servicio fuera de lo común. Dos agentes se encontraban de servicio en las inmediaciones del mercado. Su trabajo consistía en lo típico de un lugar en el que acude gran cantidad de personas para realizar las compras del día o de la semana. Se trataba de controlar los accesos, los estacionamientos indebidos, la posible existencia de actividades ilícitas, etc. Es decir, procurar que las actividades que se desarrollan en ese lugar discurran de la mejor forma posible, sin que se produzcan molestias a los usuarios y sin que se produzcan actos o hechos que perturben el normal desarrollo de las actividades comerciales.

Ya llevaban algunas horas recorriendo los alrededores de la zona de ventas, cuando observaron a una mujer, conocida por ser consumidora habitual de drogas, que parecía buscar algo o a alguien. En un cruce de calles y en medio del gentío, la mujer se paró ante un señor mayor con quien entabló conversación, mientras los agentes trataban de no perderla de vista. Desde una distancia no excesiva observan como el hombre le hacía entrega de una especie de paquetito y a continuación recibía una determinada cantidad de dinero.

Dos agentes de la policía local prestando servicio de uniforme en un mercado de la ciudad no suele levantar la suspicacia de aquellos que tratan de realizar algún acto delictivo, especialmente cuando se trata de actividades ilícitas pero discretas. Para la mayoría de ciudadanos y, muy especialmente, para la mayoría de delincuentes, los municipales solo están para regular el tráfico, poner multas y poco más, por lo que creen que, aún estando presentes, se dedicarán a sus cosas y no estarán pendientes de otro tipo de actividades. Esta es, seguramente, la razón por la que las dos personas realizaron su transacción a pesar de la proximidad de los agentes.

Al observar el intercambio, los agentes llegaron a la conclusión de que podría tratarse de algún tipo de negocio ilegal, así que se dirigieron lo mas rápido que pudieron hacia el lugar en el que el hombre y la mujer se encontraban parados. La mujer al observar a los agentes se marchó rápidamente del lugar confundiéndose entre la multitud que en ese momento asistía al mercado. El individuo, en cambio, no pudo reaccionar con la misma prontitud. Fue alcanzado y a continuación identificado. En el bolsillo de la chaqueta ocultaba varios trozos de hachis, hasta once  o doce trozos, envueltos en celofán preparados para la venta. Esa transacción que había realizado en presencia de los agentes era su primera transacción de la mañana, así que solo le encontraron un par de billetes de cinco euros. El hombre no pudo menos que reconocer que efectivamente le había vendido a la mujer un trozo de hachís y que se dedicaba a tal actividad, osea, al menudeo de hachís, para poder criar y alimentar a “sus nueve nietos”, al menos eso dijo y esa fue su excusa.

Aún tratándose de tan pequeña cantidad, los agentes tenían la obligación legal de intervenir, así que le detuvieron y le trasladaron a comisaría.

Fue la primera actuación que tuvimos que tramitar en el grupo. Por la mañana habían dado instrucciones para que todos los delitos o faltas en los que interviniera alguna unidad de la policía local fueran presentados, instruidos y tramitados en nuestro grupo, así que, de repente, pasamos de investigar accidentes y delitos contra la seguridad vial, a instruir atestados por cualquier tipo de acto delictivo, algo que ya veníamos barruntando desde hacía algún tiempo. Un paso precipitado que nos debajaba cargados de trabajo y con más dudas que ideas claras, dado que las órdenes no suelen venir acompañadas de instrucciones precisas y de un protocolo de actuación. A los agentes que habían realizado la detención se les ordenó que se dirigieran a jefatura junto con el detenido y la sustancia intervenida y que realizaran la comparecencia en nuestra nueva inspección en lugar de hacerlo en la comisaría. Aquí comienza nuestra historia.

Se que esta pequeña historia no es de las que pasarán a engrosar los anales de la historia policial española. Es una historia sin mayor trascendencia, de las que  se dan miles en cualquier ciudad. Es posible que penséis que este tipo de historias no son merecedoras de ser contadas e incluso que no sea algo que nos permita hacernos sentir especialmente orgullosos (o tal vez si). Son sólo hechos insignificantes (quizás no tanto), intervenciones rutinarias, la vida cotidiana de la gente que viste de un modo muy llamativo, con un rutilante amarillo reflectante o con un más apropiado azul ducado, y que cuya principal función es servir a la sociedad, servir a su ciudad. Y no hay más.


TORMENTAS DE INVIERNO

Ya desde primeras horas de la mañana se intuía lo que se nos podría venir encima. Parecía que la nueva tormenta se acercaba por el oeste, pero cada fogonazo desde ese lugar era respondido por otro igual desde la posición geográfica opuesta, como si desde ambos puntos se hubiera desatado un desafío de luz y de truenos

En pocos minutos el cielo caía sobre la tierra. Una autentica manta de agua fue cerrándolo todo. La visibilidad se redujo significativamente y las calles se convirtieron rápidamente en caudalosos ríos buscando las zonas más bajas de la ciudad. Podría haber durado minutos, como en otras muchas ocasiones, pero una hora y media más tarde el agua seguía fluyendo con la misma insistencia y ahora, además, lo hacía acompañado de un auténtico vendaval rugiendo y zarandeando cualquier elemento que sobresaliera del suelo. En apenas dos semanas se repetía, por enésima vez, el diluvio.

Poco tardaría en dispararse todas las alarmas. Así fue, las llamadas se sucedieron a lo largo de toda la mañana: inundaciones en garajes, en zonas de viviendas, en depresiones de las vías, caídas de ramas de árboles, desprendimientos de cornisas, carteles tumbados por la fuerza del viento y del agua, calles cortadas por desprendimientos de los terrenos aledaños o por embalsamiento. Los sumideros no eran lo suficiente tragones como para evacuar tanta agua.

A pesar de contar con un dispositivo especial con refuerzo de varias patrullas, en pocos minutos, todos se encontraban desbordados y con dificultad se atendía las nuevas demandas que se iban produciendo. Hubo que establecer un orden de preferencia en función de la gravedad de lo que sucedía. Cerrar con vallas una vía que queda cubierta por más de un metro de agua; acotar las zonas próximas a los desprendimientos; regular el tráfico allí donde se hace necesario, localizar a los distintos servicios para despejar las zonas anegadas; colaborar con los bomberos, etc. Así que, por ser los primeros en llegar a cada requerimiento, eran los propios policías los que tenían que dar la cara y y debían aguantar el chaparrón ante las demandas y exigencias de los desesperados vecinos, que veían como sus bienes y haciendas corrían autentico peligro y que los servicios de emergencias, es decir, los encargados de buscar una solución a su problema, se demoraban en demasía. Poco puede hacer un agente de policía para solventar una inundación o un desprendimiento de barro sobre una vía de acceso a una barriada que queda aislada, o para poner los medios para evitar nuevos desprendimientos de cornisas o el desplazamiento y caída de mobiliario urbano, salvo tratar de evitar que se produzcan víctimas, evacuando la zona si fuera necesario.

A media mañana sonó un tremendo estruendo, como si algún artefacto hubiera estallado. Un rayo había impactado contra una vivienda. Entró por la antena de televisión y por la chimenea y se abrió paso reventando paredes interiores y exteriores del ático. Los moradores salieron milagrosamente indemnes, pero el estado de histeria y de miedo que el trueno les provocó difícilmente podrán olvidarlo en mucho tiempo.

Y finalmente llegó la calma. Ahora solo quedaba acabar el trabajo. Se tardaría algún tiempo en recobrar la normalidad.