EL SECUESTRO

Debo reconocer que en algún momento perdí toda esperanza de salir con vida de todo aquello. Aún hoy siento el frio acero acariciándome la piel. Noto como su frialdad me quema.

 

Todo se desarrolló de forma tan rápida que apenas tuve oportunidad de reaccionar. Habiamos llegado de realizar las compras semanales. Busqué un estacionamiento lo más cerca posible de casa para aliviar el trabajo de descarga y subida de bolsas. A veces la operación es realmente agotadora, especialmente cuando te ves obligado a realizarla en solitario. El estado de Raquel le impide cargar peso, así que realizo el trabajo en fases. Primero descargo y dejo descansar en el suelo, para luego, poco a poco, transportar todas las bolsas hasta la entrada de la vivienda.

 

Habia conseguido llevar a término la primera fase y me disponía a cerrar la puerta del coche cuando un escalofrío recorrió mi espalda al oír los gritos de una persona que, violentamente y a toda velocidad, se acercaba por detrás. No era capaz de entender que era lo que decía, solo gritos y, a continuación, antes que pudiera volverme, sentí un fuerte golpe en la cabeza que casi me hizo perder el conocimiento y el equilibrio.

 

Eran dos personas, dos varones, probablemente jóvenes a tenor de la fuerza con la que actuaron. No pude distinguir su acento. No tuve oportunidad de verles el rostro. Casi en volandas me condujeron hacia el interior de mi propio vehículo, me obligaron a subir a los asientos traseros. Uno de ellos tomó la posición de conducción y lo puso en marcha, mientras el otro sacó una especie de bolsa de tela de color oscuro, que rapidamente me colocó en la cabeza aislando mis sentidos y evitando ser testigo de lo que me estaba ocurriendo. A lo lejos oía a Raquel gritar pidiendo auxilio. Mi desesperación me hizo suplicar que dejaran en paz a mi mujer. Les hice saber el estado en el que se encontraba y del daño que podrían llegar a hacerle.

 

Los gritos de uno de los dos hombres arreciaron. Me ordenó energicamente que me callara y sentí un dolor punzante primero en una pierna, después en la otra y el frio acero cerca de mi piel.

 

No sabría decir cuando tiempo permanecí en el interior del vehículo, ni qué distancia habíamos recorrido. Si pude notar que un primer tramo debió desarrollarse por autopista. Notaba que circulabamos a gran velocidad. Luego el ronroneo del vehículo se hizo irregular y notaba la fuerza de la inercia meciendome a derecha e izquierda. Habíamos entrado en una zona de curvas y de fuertes subidas y bajadas.

 

Probablemente una hora después el vehículo se había detenido. Uno de los hombres se apeó y todo permaneció en un tenso silencio. Nuevamente noté un dolor punzante en el muslo, luego otra vez más, como si el individuo que aún permanecía a mi lado se estuviera entreteniendo en clavarme algún objeto punzante y afilado. A cada acometida suplicaba por mi vida. El individuo parecía disfrutar con lo que hacía y nuevamente me exigía silencio. Había encontrado una forma cruel de entretener su espera.

 

Los segundos se hicieron horas y los minutos se conviertieron en eternidad.

 

Te vamos a matar colega, así que no grites más, cállate ya, no vas a conseguir nada lloriqueando.

Mi preocupación se centró nuevamente en Raquel. No sabía que le habían hecho. Temí por su vida y por la de mi hijo.

 

Abrieron la puerta y me sacaron a rastras. Me obligaron a permanecer erguido. Las piernas me dolian, casi no podía mantenerme en pié. Oí pasos que se acercaban y como se detenían justo frente a mi. Uno de ellos dijo algo que no entendí y, seguidamente, me despojaron de la bolsa que cubría mi cabeza. Mis ojos se habían aclimatado a la oscuridad y ahora una luz cegadora me impedía distinguir lo que me rodeaba. Creo que llegué a contar hasta cuatro personas, pero bien podrían haber sido más.

 

El que parecía tomar las decisiones, se me acercó lentamente. Me miró fijamente y con desgana se volvió hacía los otros secuestradores.

 

Este no es,…..os habéis vuelto a equivocar. Sóis unos estúpidos incompetentes. Dejadle marchar y vámonos de aquí.

 

Nuevamente sentí un fuerte golpe en la cabeza. Ahora no pude mantener la verticalidad. Caí de rodillas y todo se volvió gris. Permanecí acurrucado casi sin poder moveme.

 

Toma, colega, con esto podrás volver a casa. Algo has ganado,…., no lo vas a perder todo gilipollas.

 

El silencio volvió. Oí alejarse mi coche y como pude me incorporé. Tenia las pienas ensangrentadas y un fuerte hematoma en la cabeza. Miré mi mano, me habían dejado tres euros para volver.

 

Mi coche fue encontrado totalmente calcinado varios días después. Habían borrado cualquier vestigio, cualquier indicio que los identificara e incriminara.


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