LA CARA AFABLE

– Por favor, cuéntenos, cómo se produjo el accidente.

– Pues, verá usted, como todas las tardes, a eso de las seis, dejo a mi nieto en casa y después me voy un rato a la Peña para estar con los amigos y echar unas partidas. Llegué al cruce de la avenida y, justo al llegar, el semáforo peatonal se puso en verde, así que sin detenerme entré en el paso de peatones para llegar a la plaza que está al otro lado de la calle. Cuando tan solo había caminado aproximadamente una tercera parte de la calzada, un vehículo a toda velocidad se saltó el semáforo y me atropello.

– ¿Vio usted de dónde venía el vehículo?

– Pues no señor, no pude ver de donde venía, todo fue muy rápido, pero el semáforo para el vehículo sí estaba en rojo.

– ¿Recuerda usted qué tipo de vehículo fue el que le atropelló?

– Si, bueno, …… era un coche pequeño, de color oscuro, tal vez negro, de esos que ahora utilizan los niñatos, con los cristales tintados, ….. no recuerdo la marca.

– Cuando usted fue atropellado, ¿se encontraba sobre el paso de peatones?

– Si, si, me encontraba en el paso de peatones. El golpe fue muy fuerte y el coche me lanzó dos o tres metros.

– ¿Que pasó a continuación?

– Bueno, ….. en el golpe con el coche o en la caída me rompí una pierna. No pude levantarme y tuve que esperar a que llegara una ambulancia, …… que por cierto tardó bastante en llegar.

– ¿Había alguien más cuando se produjo el accidente?, ¿había otros peatones atravesando la calzada o sobre las aceras?

–  No lo recuerdo exactamente, pero creo que no, que estaba yo solo, aunque una mujer me socorrió casi al instante. No debía estar muy lejos. El conductor del vehículo paró, pero ni tan siquiera me preguntó qué me había pasado o cómo me encontraba.

– ¿Recuerda usted al conductor?

– No, no recuerdo su cara, se trataba de un chico joven, de esos que tienen mala pinta.

No pude oír las declaraciones de Don Gerardo, el peatón, porque yo había sido citado como testigo, pero este debió ser más o menos su desarrollo. Las conclusiones del abogado que lo representaba no dejaban lugar a dudas.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo podía estar ahí, de pie, manteniendo con tanta desvergüenza una versión tan tergiversada de los acontecimientos?, ¿cómo evitó que le temblaran las piernas?, ¿qué dirían sus ojos?, ¿y su cara?. Nada de lo relatado se correspondía con el accidente al que mi compañero y yo habíamos asistido. Ese era otro accidente.

De unos sesenta y cinco años de edad, o tal vez algo más, de aspecto tradicional, bien vestido, pulcro, evidentemente aseado, con modales educados y cara afable, …. de buena persona. Y, sin embargo…., mentía. Mentía con total falta de escrúpulos.

Evidentemente, su abogado no tuvo en cuenta lo que habíamos manifestado para llegar su relato final, a pesar de que todo había quedado debidamente documentado y ahora, en el juicio, ratificado.

Don Gerardo yacía tendido sobre la calzada cuando acudimos al lugar. Nadie había podido moverlo por presentar una lesión importante en una de sus piernas. El vehículo implicado también se encontraba aún situado en posición final tras el accidente. El conductor, un chico joven, visiblemente nervioso, no se había atrevido a mover el coche. Su esposa, más o menos de su misma edad, de rodillas atendiendo y dando calor al herido.

Solo tardamos un par de minutos en llegar. Justo el empleado en recorrer a pie escasamente los cien metros existentes desde la base al lugar del siniestro.

Tras comprobar el estado del herido, requerir la presencia de una ambulancia y disponer lo correspondiente para evitar que se produjeran otros accidentes, tuve la precaución de medir la distancia existente entre la posición en la que había caído el hombre y la situación del paso de peatones: algo más de diez metros antes de dicho paso. El vehículo se encontraba a continuación, entre Don Gerardo y el paso de peatones, a unos tres metros de aquél y embocado hacía el carril al que se dirigía.

Era del todo punto imposible que el atropello se hubiera producido sobre el paso de peatones. Don Gerardo se había arriesgado a cruzar la intersección en oblicuo, mirando solo hacía su destino o con el pensamiento entretenido en vete a saber qué. No vio acercarse al turismo y el conductor de éste, confiado en su prioridad, quedó parcialmente cegado por los rayos de sol que incidían completamente de frente, cuando se encontró solo un bulto al que no pudo esquivar.

La mentira, la falsedad, la ruindad y los intereses espurios se han hecho fuertes. Nada importa y todo vale. Solo el deseo de ver que podemos sacar. Y Don Gerardo me ha confirmado que, efectivamente, el hábito no hace al monje.

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