EL PRIMER CAFÉ

El trabajo a turnos tiene sus ventajas, pero también inconvenientes. Aquella noche casi no había pegado ojo. Siempre le ocurría con el cambio de turno. Normalmente terminaba sobre las diez de la noche y tenía que volver a incorporarse nuevamente a las seis de la mañana del día siguiente. Ocho horas mediaban entre la segunda tarde y la primera mañana, pero el tiempo de descanso efectivo jamás pasaba de las cinco horas. La falta de hábito y el vértigo de los cambios de turno le provocaban cierta intranquilidad que le dificultaba conciliar el sueño. Muchas noches, aquellas que denominaban “del salto malo”, se las pasaba en blanco, cambiando constantemente de postura para encontrar la que le permitiera alejar preocupaciones, descansar y espantar esos pensamientos recurrentes, que terminarían poniéndole aún más nervioso. Ya eran muchos años con la misma rutina sin que jamás hubiera llegado a acostumbrarse plenamente, todo lo contrario, las mañanas pesaban cada vez más y las largas noches, especialmente en invierno, pesaban aún más.

A pesar de ello, logró incorporarse a la tercera llamada del despertador. A partir de ahí, anduvo como en una nube, no era sueño sino estupor. El primer café de la mañana conseguiría reanimarle durante unos minutos.

El primer café era una costumbre inveterada a la que nadie estaba dispuesto a renunciar. Se ejercía como si de un derecho se tratara. Rápidamente se fue extendiendo al comienzo de cada turno y nadie sabía muy bien por qué. Unos invertían esos primeros minutos en algún bar estuviera abierto a esas horas, mientras otros, los que no tenían la posibilidad de salir debido a su servicio específico o los que no encontraban ánimo para desplazarse, ante la máquina de café instalada en el mismo recinto. En un caso u otro, ese primer instante se aprovechaba para comentar cualquier incidencia del turno anterior o cualquier novedad del servicio siguiente. Era un ritual que había conseguido atrapar a todos, incluso a los no cafeteros.

Aún no le había desaparecido el regusto dulzón del primer café cuando apareció aquella mujer. Los dos agentes que aún quedaban en la base se volvieron rápidamente hacia la puerta de entrada, como movidos por un resorte. Azorada, la mujer no sabia bien a cual de ellos dirigirse. Parecía nerviosa y asustada. Sacando fuerzas de flaqueza, se aproximó lentamente al que le pareció podría tener más experiencia. Buscó con la mirada sus ojos. Su voz era apenas perceptible. Lo tuvo que repetir un par de veces más hasta que los dos policías consiguieron oír y entender lo que decía:

– Por favor, ayúdenme, mi marido me ha pegado. Me ha pegado delante de la niña.


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