MENUDEO DE HACHÍS

No se trataba de un servicio fuera de lo común. Dos agentes se encontraban de servicio en las inmediaciones del mercado. Su trabajo consistía en lo típico de un lugar en el que acude gran cantidad de personas para realizar las compras del día o de la semana. Se trataba de controlar los accesos, los estacionamientos indebidos, la posible existencia de actividades ilícitas, etc. Es decir, procurar que las actividades que se desarrollan en ese lugar discurran de la mejor forma posible, sin que se produzcan molestias a los usuarios y sin que se produzcan actos o hechos que perturben el normal desarrollo de las actividades comerciales.

Ya llevaban algunas horas recorriendo los alrededores de la zona de ventas, cuando observaron a una mujer, conocida por ser consumidora habitual de drogas, que parecía buscar algo o a alguien. En un cruce de calles y en medio del gentío, la mujer se paró ante un señor mayor con quien entabló conversación, mientras los agentes trataban de no perderla de vista. Desde una distancia no excesiva observan como el hombre le hacía entrega de una especie de paquetito y a continuación recibía una determinada cantidad de dinero.

Dos agentes de la policía local prestando servicio de uniforme en un mercado de la ciudad no suele levantar la suspicacia de aquellos que tratan de realizar algún acto delictivo, especialmente cuando se trata de actividades ilícitas pero discretas. Para la mayoría de ciudadanos y, muy especialmente, para la mayoría de delincuentes, los municipales solo están para regular el tráfico, poner multas y poco más, por lo que creen que, aún estando presentes, se dedicarán a sus cosas y no estarán pendientes de otro tipo de actividades. Esta es, seguramente, la razón por la que las dos personas realizaron su transacción a pesar de la proximidad de los agentes.

Al observar el intercambio, los agentes llegaron a la conclusión de que podría tratarse de algún tipo de negocio ilegal, así que se dirigieron lo mas rápido que pudieron hacia el lugar en el que el hombre y la mujer se encontraban parados. La mujer al observar a los agentes se marchó rápidamente del lugar confundiéndose entre la multitud que en ese momento asistía al mercado. El individuo, en cambio, no pudo reaccionar con la misma prontitud. Fue alcanzado y a continuación identificado. En el bolsillo de la chaqueta ocultaba varios trozos de hachis, hasta once  o doce trozos, envueltos en celofán preparados para la venta. Esa transacción que había realizado en presencia de los agentes era su primera transacción de la mañana, así que solo le encontraron un par de billetes de cinco euros. El hombre no pudo menos que reconocer que efectivamente le había vendido a la mujer un trozo de hachís y que se dedicaba a tal actividad, osea, al menudeo de hachís, para poder criar y alimentar a “sus nueve nietos”, al menos eso dijo y esa fue su excusa.

Aún tratándose de tan pequeña cantidad, los agentes tenían la obligación legal de intervenir, así que le detuvieron y le trasladaron a comisaría.

Fue la primera actuación que tuvimos que tramitar en el grupo. Por la mañana habían dado instrucciones para que todos los delitos o faltas en los que interviniera alguna unidad de la policía local fueran presentados, instruidos y tramitados en nuestro grupo, así que, de repente, pasamos de investigar accidentes y delitos contra la seguridad vial, a instruir atestados por cualquier tipo de acto delictivo, algo que ya veníamos barruntando desde hacía algún tiempo. Un paso precipitado que nos debajaba cargados de trabajo y con más dudas que ideas claras, dado que las órdenes no suelen venir acompañadas de instrucciones precisas y de un protocolo de actuación. A los agentes que habían realizado la detención se les ordenó que se dirigieran a jefatura junto con el detenido y la sustancia intervenida y que realizaran la comparecencia en nuestra nueva inspección en lugar de hacerlo en la comisaría. Aquí comienza nuestra historia.

Se que esta pequeña historia no es de las que pasarán a engrosar los anales de la historia policial española. Es una historia sin mayor trascendencia, de las que  se dan miles en cualquier ciudad. Es posible que penséis que este tipo de historias no son merecedoras de ser contadas e incluso que no sea algo que nos permita hacernos sentir especialmente orgullosos (o tal vez si). Son sólo hechos insignificantes (quizás no tanto), intervenciones rutinarias, la vida cotidiana de la gente que viste de un modo muy llamativo, con un rutilante amarillo reflectante o con un más apropiado azul ducado, y que cuya principal función es servir a la sociedad, servir a su ciudad. Y no hay más.

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