LA SOTA DE BASTOS

Tenía un caminar enérgico y seguro. Se dirigía con decisión hacia la estación del ferrocarril.  Debía tener como sesenta y cinco o setenta años, y puede que algunos mas.  Pelo cano y bien cortado, bigote poco poblado, barba rala.  Vestía traje oscuro, no excesivamente elegante, pero bien cuidado.

Se lo encontraron de espaldas.  Seguían el mismo camino. El por la acera de la izquierda. Al principio no pudieron distinguir qué era el bulto que hacía descansar en su hombro derecho y que aferraba por su extremo mas estrecho, parecía un instrumento de cuerda, tal vez un laúd.  El conductor redujo la velocidad para observarle con mayor detenimiento.  Durante unos metros le siguieron a su misma velocidad.  El hombre ni tan siquiera osó dirigir la mirada hacia el patrullero.  Continuó caminando con la misma celeridad y presteza sin prestarles la más mínima atención…….

El conductor del patrullero, un agente curtido en mil batallas, giró el volante hacia la izquierda hasta quedar a su altura, junto al bordillo.  El caimán le miró fijamente, mientras que el anciano ni tan siquiera se inmutó.

– ¡Oiga!

– ¿Es a mi?, contestó el señor mientras giraba la cabeza hacía la voz que le reclamaba.  En su cara apareció un atisbo de sorpresa.

– Sí,  usted.  Acérquese.

– Dígame, agente.

El caimán abrió la puerta del patrullero y lentamente se apeó.  En su trayectoria fue componiendo el uniforme, un poco desmadejado por efecto del tiempo que llevaba sentado en su puesto de conducción.  Empuñó la defensa en la mano derecha y cuando se encontró frente a frente al anciano la enfundó.

– ¿Que llevas ahí?

– Pues un jamón, ya ve señor agente.

El repentino tuteo alertó al otro componente de la patrulla, quien decidió salir del vehículo para dar cobertura a su compañero y para estar al quite si fuera necesario.

– Eso ya lo veo, ¿de dónde lo has sacado?

– Pues me ha tocado en un sorteo.

– ¿Te ha tocado en un sorteo?, ¿dónde sortean jamones?

– Pues mire usted, estaba con unos amigos en un bar en el que sorteaban el jamón.  Jugamos y yo fui el ganador.

– Déjate de monsergas, ¿de dónde lo has robado?

– Oiga agente, ¿que está usted diciendo?, ya le he dicho que me ha tocado en un sorteo.

El caimán fue poco a poco invadiendo el terreno del anciano, quien reculaba a cada paso del veterano agente. Cada pregunta la emitía en un tono de voz más elevado y enérgico que la anterior. Continuó inquiriéndole durante varios segundos más para que le dijera de dónde había sacado la pieza que llevaba apoyada en el hombro.  Por su parte el policía novato observaba la escena con una mezcla de asombro y temor.  No conseguía comprender por qué su compañero se comportaba de aquella manera con aquel señor.  Nada hacía sospechar que lo que decía no fuera cierto.  Los segundos se le hacían minutos y en un par de ocasiones estuvo a punto de tomar del brazo a su compañero para alejarlo del lugar y del anciano, que por momentos se mostraba mas nervioso y mas asustado, pero no se atrevió.  Permaneció en silencio observando las reacciones mutuas de ambos y, de vez en cuando, miraba a su alrededor para comprobar si había alguien más curioseando y observando la escena.

– No te lo vuelvo a repetir, ¿de dónde has sacado el jamón?

El viejo optó por no contestar ninguna pregunta más.  Su turbación e indignación se había expandido por el aire en cada resoplido que daba y había alcanzado de lleno al novato.

De repente la paciencia del caimán se agotó.  Le arrebató el jamón, lo colocó cuidadosamente sobre el capó, y empujó contra la pared al viejo al tiempo que le pedía que abriera las piernas.  Le palpó detenidamente y al llegar a los bolsillos del pantalón notó algo duro y pudo oír un tintineo metálico.

– Saca lo que llevas en los bolsillos.

El viejo resignado sacó un par de bolsas de plástico repletas de monedas.

– Y este dinero, ¿También te ha tocado en un sorteo?

– Si señor, me ha tocado el premio en una tragaperras.

– Joder, que suerte has tenido hoy, ¿no?.  Bueno, pues déjate ya de pamplinas.  Se acabó lo que se daba.  Enséñame tu carnet de identidad y sube al patrullero.

– Pero,…. oiga,  ¿me va a detener?

– Si señor, ya estás detenido.  Sube al patrullero y, por tu bien, quédate calladito.

Después de acomodarlo en el asiento trasero, le informó sin orden de sus derechos y, a continuación, le indicó a su joven compañero que subiera al patrullero.

Realizó un cambio de sentido y se dirigió hacia la zona de la que procedía el anciano.  Circuló lentamente mirando con atención las fachadas de los distintos establecimientos hosteleros existentes en el lugar.

– ¿Que coño estás haciendo, tio?

– Calla y mira atentamente los accesos a los bares.  En uno de ellos ha tenido que entrar a robar.

– Joder, pero no ves que es un viejo.  ¿Por qué crees que no dice la verdad?

– Calla, leche y haz lo que te digo.

Tras varias rondas observaron que sobre la acera, junto al ventanal de uno de los restaurantes mas conocidos de la ciudad, había restos de cristales que brillaban fugazmente al darles la luz del patrullero.

– Ese es, ahí ha tenido que ser.

Pararon y armados con linternas se dirigieron a los ventanales y cierres del establecimiento.  Efectivamente, una ventana había sido fracturada.  Alumbraron hacia el interior del local y y observaron que todo parecía revuelto.  Una máquina tragaperras destrozada descansaba sobre el suelo.  Sobre el mostrador colgaba una fila de jamones, todos de la misma marca que el que guardaban en el maletero.

El novato miró con asombro a su compañero.  “Joder con el caimán”, pensó. Miró con tristeza hacia el patrullero: el viejo bajó la cabeza, se sabía atrapado.

–  ¡Me cago en la sota de bastos!, valiente destrozo ha causado el puñetero.

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