EL DESENCANTO

Hace unos días tuvieron lugar unas oposiciones para cubrir un par de plazas de oficial y otras tantas de subinspector  (lo que antes se denominaban  “cabo” y “sargento”).  Para las dos primeras plazas solo se presentaron ocho aspirantes, y para las segundas tan solo un aspirante de una plantilla total de doscientos policías.  Tras el correspondiente examen sólo una plaza de oficial quedó cubierta y también quedó cubierta, tal y como todo el mundo presagiaba, la plaza de subinspector.

Aun siendo significativo el escaso interés que despierta este tipo de convocatorias en el colectivo, no es menos cierto que la tendencia en la reducción en el numero de candidatos se ha podido notar en y desde otras convocatorias anteriores, pero no hasta los niveles de la presente.  Algo grave “debe” pasar en un cuerpo de policía para que se evidencie una tan patente falta de interés entre los agentes.

Desde el sindicato, tras cuestionar las razones que pueden haber llevado a este desinterés, se ha apuntado como causa el “desencanto” de la plantilla por el mal funcionamiento de los recursos y por la mala dirección del cuerpo.

¡Tan solo nueve opositores para un total de cuatro plazas!. Ciertamente, todo apunta como causa de la causa las razones sugeridas desde el sindicato.

El primer eslabón del desencanto esta anudado a las limitaciones estructurales de los propios cuerpos de policía local, que prácticamente no existen en otros cuerpos policiales o, al menos, no son tan evidentes.  Las plantillas locales, salvo en las grandes ciudades, suelen ser relativamente cortas, con un número muy limitado de plazas de dirección y de especialización. Estas plazas suelen ser ocupadas durante periodos de tiempo muy prolongados, dificultando enormemente la rotación y las posibilidades de ascenso o los cambios de destino.

El segundo y sucesivos eslabones tienen que ver con las posibilidades reales de promoción con garantías. Todo el mundo parece estar previamente convencido de que el examen en si no es mas que un mero trámite que hay que cumplir por imperativo legal, pero que nada añade en limpieza y transparencia, y permite, en cambio, ocultar infinidad de maniobras poco claras para hacerse con una de las plazas en juego.

Es normal y frecuente que, desde el momento de la publicación de la convocatoria, el personal realice porras y apuestas sobre quienes serán finalmente los elegidos y todo el mundo parece coincidir y apostar por determinados candidatos, que finalmente se ven confirmados por los resultados.  Realmente es difícil equivocarse cuando cuentas con suficiente información sobre trayectorias vitales y posibles padrinazgos.

Recuerdo que la última vez que cometí la insensatez de presentarme a una de estas convocatorias, hace ya bastantes años, el cúmulo de despropósitos fue total. Tengo aún bastante vívida la imagen del compañero que en la sala de oposiciones se sentaba a mi derecha.  Desde el primer segundo, incluso desde varias horas antes del examen, se mostró sumamente nervioso y  anómalamente alterado,  parecía que le iba la vida en ese examen.  La prueba escrita consistía en un supuesto práctico de derecho penal puro y duro.  Se trataba de uno de los supuestos que solían caer en los exámenes finales de la facultad de derecho, que, por cierto, tuve la oportunidad de resolver satisfactoriamente como en otras ocasiones. Durante las pruebas escritas pude observar que el compañero de mi derecha únicamente acertó a poner su nombre en la parte superior del folio de examen.  Le dio varias vueltas como tratando de encontrar el agujero por el que pudieran fugarse sus esperanzas y cuando vio que aquello era imposible y que no mecería la pena permanecer mas tiempo ante el acusador papel, apenas cinco minutos después del inicio, se levantó y entregó su examen en blanco.  No consiguió contestar ni una sola de las preguntas que nos formularon.  A pesar de ello, aprobó ese examen y consiguió su ansiada plaza. ¡Todo un alarde de sabiduría oriental!.  Evidentemente el criterio corrector del tribunal se había dado un tiempo muerto cuando a sus manos llegó el examen de este candidato. Y este no fue el único caso con características similares, aunque todo pudo ser fruto subjetivo de la envidia, ………de mi envidia.

Por supuesto, a raíz de esta experiencia tomé la decisión de, en sucesivas convocatorias, mantenerme totalmente al margen, salvo que desde las instancias oportunas se ofrecieran garantías suficientes de limpieza, claridad, justicia y honestidad en el desarrollo del proceso.  Como convocatoria tras convocatoria las porras han tenido un rotundo éxito, no he vuelto a repetir la experiencia y solo he seguido los acontecimientos desde la apatía, desde la distancia y desde el desencanto, pero siempre con mi boleto de apuesta segura o casi segura en el bolsillo.

La historia insiste en repetirse.


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