UN CORAZÓN BAJO EL UNIFORME

Pese a toda la miseria y todo el sufrimiento humano con que los policías tienen que rozarse durante su trabajo, me sorprendía el increíble sentido humano y la sensibilidad que parecen caracterizar a la mayoría de ellos. Repetidas veces hube de renunciar a la imagen estereotipada que me había hecho del “poli” brutal y sádico, al ver el sentido de fraternidad humana que puede mostrar la policía: Así aquel joven policía practicando el boca a bo­ca en una piltrafa humana cubierta de suciedad; o aquel policía de cabello gris que parecía confuso cuando descubrí las bolsas de caramelos que lleva­ba en el cofre de su automóvil para niños pobres en los “ghettos”, para quienes era una especie de Papá Noel; o aquel otro que daba dinero de su bolsillo a una familia hambrienta y desprovista de todo recurso, a la que seguramente no volvería a ver; o, en fin, ese otro policía que fuera de sus horas de servicio visitaba a unos padres inquietos para hablarles de su hijo o de su hija, que atravesaba una crisis.

Como policía, me asombraba muchas veces al ver cómo mis colegas podían resistir a las previsiones cotidianas, a menudo intensas, que les imponía su trabajo. Lo prolongado de los servicios, los fracasos, el peligro y la tensión, todo ello parecía aceptado, corno si formara parte, naturalmente de la realidad del trabajo profesional.

Termine por hacer el descubrimiento que incita a la modestia, de que lo mismo que los colegas con los que trabajaba, yo no era sino un ser huma­no, cuyos límites vienen fijados por la cantidad de tensión que puedo soportar en un tiempo dado.

Recuerdo en particular una tarde en que esto se me reveló de manera notable. La jornada había sido larga y difícil, había terminado con la persecución a gran velocidad de un automóvil robado. Habíamos estado a un pelo del accidente grave en un momento en que otro vehículo había venido a interponerse ante nuestro auto-patrulla. Terminado el trabajo, yo tenía vagamen­te conciencia de estar muy cansado y en tensión. Mi colega y yo caminábamos hacía un restaurante, para tomar un poco de alimento, cuando ambos oímos un ruido de vidrios rotos que venía de una iglesia y vimos a dos muchachos de cabello largo que huían. Les interpelamos y pedí a uno de ellos su documen­tación, al mismo tiempo que le enseñaba mi tarjeta de policía. Se rió de mí en mis narices, lanzó una palabra grosera e hizo ademán de irse, Inmediatamente le agarré por la camisa y le hice dar media vuelta, gritando: “¡A ti te hablo! animal:”   Sentí, la mano de mi colega en mi hombro y  detrás de mí su voz sosegada que me decía: “¡Calma, Doctor!”. Solté al adolescente y durante algunos segundos no abrí la boca, incapaz de aceptar la evidencia de que había perdido mi sangre fría.  Como un relámpago, me atravesó el recuerdo de una lección en la cual había dicho a mis alumnos: “Quien es inca­paz de dominar enteramente sus emociones en todas las circunstancias no tiene nada que hacer en la policía”.  A la sazón  estaba encargado de dirigir un estudio sobre las relaciones humanas, para enseñar a los policías la técnica del dominio de las emociones. Y ahora un policía se veía obligado a decirme a mí, experto en “dominio de emociones”, que me calmara.

(Un profesor aprende en la calle)


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