EL PRIMER DIA

El primer día de servicio el profesor se presentó en la estación (comisaría) de policía con sentimientos encontrados.  Por una parte se sentía incomodo, a partir de ese instante se enfrentaría a un mundo que desconocía y notaba que había perdido totalmente la confianza en sí mismo, que había adquirido en los meses en los que tuvo que asistir a sus sesiones de formación. Por otra parte, lo afrontaba con un toque de ingenuidad, pensando, quizás, que su formación intelectual y científica le permitirían resolver con cierta facilitad cualquier problema que pudiera presentársele.

Con el paso del tiempo, el profesor tuvo que reconocer que la idea preconcebida que tenía de la policía no se ajustaba en absoluto a la realidad y que la experiencia había conseguido que algo en él hubiera cambiado:

Son tantos los acontecimientos que se han producido en estos seis meses que ya nunca seré ni ese hombre, ni ese científico que se presento ante el puesto de policía ese primer día.

El profesor se enfrenta a una realidad muy distinta a la que hasta ese momento había vivido.  El castillo de naipes en el que había vivido comenzaría a derrumbarse. La imagen del policía suele estar estereotipada, o se le ve como un dios cuando nos encontramos en problemas y acuden en nuestra ayuda o es el mas despreciable de todos los seres.

Siempre había pensado que los policías exageran mucho el número de insultos de palabras y malos tratos de que son víctimas en servicio. Las primeras horas pasadas en la calle, como policía, me encontraba en un estado de felicidad que no debía durar mucho. Como profesor de Universidad, estaba acostumbrado a ser tratado con respeto y deferencia por todos. Me imaginaba un poco ingenuamente que encontraría ese mismo respeto en mi nuevo papel de policía. Después de todo, yo era representante de la ley; todos, gracias a mi insignia y a mi uniforme, podían ver que estaba consagrado a la protec­ción de la sociedad. Ciertamente esto me daba derecho a cierto respeto y a cierta cooperación por parte del público; al menos así lo creía yo. Muy pronto me percaté de que mi insignia y mi uniforme, más bien que protegerme contra el gamberrismo y la violencia, no hacían sino atraerme, como un imán, hacía numerosos individuos que odiaban lo que yo representaba.

No me había impresionado la advertencia que me había dado la primera tarde un veterano. Un “sargento” que al saber que yo tenía que empezar a tra­bajar en una patrulla me había dicho moviendo la cabeza: “Tenga cuidado, profesor. A veces es muy duro”. Pronto comprendí lo que quería decir.

La primera tarde, algunas horas después del comienzo de mi patrulla, se envió a mi colega y a mí a un bar del centro para restablecer el orden. En el establecimiento encontramos a un borracho de fuerte complexión que discutía con el encargado del bar y se negaba a marcharse.

Teniendo yo una gran experiencia con los presos y los enfermos mentales, me apresuré a hacerme cargo de la situación. “Perdón, señor, dije con una sonrisa amable al borracho, ¿tiene la bondad de salir para hablar conmigo un momento?”. El hombre, asombrado, me miro con ojos redondos e inyectados de sangre durante algunos instantes y se puso a rascarse el mentón, no afeitado desde hacía varios días. Después, de repente, sin preámbulo, ocurrió la cosa. Se precipitó contra mí, no alcanzándome felizmente en el rostro, y me golpeó en el hombro derecho, ¿Qué había hecho yo para provocar tal reacción? Antes de que me hubiera repuesto de mi sorpresa me golpeó de nuevo, arrancando esta vez la cadena de mi silbato sujeta a la hombrera. Después de una breve lucha, logramos encerrar al borracho, que continuaba gritando y jurando en la parte trasera de nuestro automóvil de patrulla. Durante unos momentos traté de cobrar aliento, con el cabello en desorden, contemplando los daños sufridos por mi nuevo uniforme; completamente estupefacto, mire a mi colega, que se contento con sonreír y darme una palmada afectuosa en la espalda.

(Un profesor aprende en la calle)


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