LA OPOSICIÓN

Nunca estaré totalmente seguro de cual fue la razón que me impulsó a presentarse a las oposiciones. Lo mio no era, no podía ser, vocacional, eso era evidente. Debieron concurrir varios factores, por una parte la “juventud”, mi juventud. Con tan solo diecinueve años careces de criterios suficientes para saber que quieres ser y hacer en la vida, ves el mundo repleto de posibilidades, ves el futuro sin demasiada preocupación. Tu preocupación se centra en qué vas a hacer mañana y dónde pasarás el fin de semana. Dos semanas vista es una eternidad. Tal vez las presiones, fundamentalmente familiares: “Chiquillo, no seas tonto, preséntate, igual apruebas”…….., “No pierdas esta oportunidad, siempre tendrás ocasión de arrepentirte”. Puede, incluso, que me lo hubiera planteado como un reto, ¿por qué no?, vamos a probar a ver que pasa.

Lo cierto es que, sin convicción, compré uno de los pocos temarios que en aquel momento existía, (en ese momento la ilusión de ser policía aún no se había convertido en negocio), era un tocho fotocopiado, escrito a máquina y con cubiertas de cartulina de color azul. También asistí, más por curiosidad que por otra cosa, a un curso de preparación que se impartía para nuevos aspirantes. Sólo fui capaz de ir en dos o tres ocasiones, aquello me pareció una solemne pérdida de tiempo.

Conseguí memorizar el primero de los temas propuestos, “El Estado”, el resto los leí. Unos los dominaba en cierta forma y otros solamente los entendí. Quería saber, al menos, qué era lo que preguntarían en los exámenes.

Superé sin apenas esfuerzo las pruebas físicas, en aquél momento eso no era ningún problema. Había conseguido superar el primer obstáculo del reto.

El examen oral era otra historia. En un salón lleno de observadores cada candidato tenía que salir frente al tribunal, tomar de una bolsa negra una ficha con un número (cada número se correspondía con un tema) y a continuación tenías que recitar durante, al menos, diez minutos el tema que te hubiera caído en suerte. Tuve la mala o la buena fortuna, según se mira, de atinar a coger uno de los temas que sólo había leído, así que improvisé. Decidí que la mejor opción sería declamar el tema que sí había sido capaz de aprender de memoria y olvidar completamente del que me había asignado la fortuna, total, a los miembros del tribunal posiblemente les daría igual. Así que me arrojé al vacío y les conté todo lo que sabía del Estado, de su forma de organización, de las competencias de los distintos órganos administrativos, lo de la división de poderes, Montesquieu, bla, bla, bla, ……

Bueno, los señores del tribunal debían estar pasando por un buen momento, me aprobaron sin rechistar. Cuando colgaron la lista de admitidos y no admitidos en el tablón de anuncios apenas pude dar crédito. No sólo había aprobado, sino que lo hice en buena posición, fui noveno de mi promoción.


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