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Archivo para Septiembre 2008

LA VALLA ROJA

30-Septiembre-2008 pantharei Deja un comentario

Según contó, al salir de una curva se encontró con una bonita valla roja cerrándole el paso y, como la impenetrabilidad de los cuerpos duros y contundentes es, a día de hoy, una ley insoslayable, se dio de morros con ella. Afortunadamente hasta las partes mas vulnerables supieron resistir el embate y la valla no paso a formar parte del mobiliario móvil del habitáculo. La historia solo quedó en un buen susto y en una mutua transferencia cromática. La parte anterior del vehículo luce desde ese momento un juego iridiscente de color, desde el gris plata original al rojo morcillón, que la valla dejó como recuerdo del encuentro. Como el carmín testigo del beso.

Quien tuvo la feliz idea de poner la bonita valla roja en el centro del carril, quizás no reparó en que no todos los conductores están lo suficientemente adiestrados en la conducción en condiciones de estrés circulatorio y que no todos son capaces de salvar un obstáculo no esperado.

Ahora, seguramente, la propietaria de la bermellona valla, osea la administración responsable de la vía, tendrá que acoquinar y hacer frente a los gastos de desmaquillaje del vehículo. (Y digo seguramente porque en esto de la responsabilidad, ………ya se sabe).

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LA ENSEÑANZA

26-Septiembre-2008 pantharei Deja un comentario

Yo, que había considerado siempre a los policías como una banda de “paranoicos”, descubrí, en medio de la violencia a la que asistía todos los días, que un buen policía debe vivir en estado de desconfianza perpetua si quiere regresar a su casa todos los días. Como tantos otros policías, a fuerza de verme expuesto todos los días a la criminalidad de la calle, llegue pronto a llevar un arma prácticamente todo el tiempo fuera de las horas de servicio. Empecé a observar con atención a todas las personas y todos los objetos que me rodeaban, pues las cosas empezaban a adquirir una nueva significación: así, una puerta abierta, un individuo vagando por una calle oscura, una placa de matrícula trasera cubierta de barro. Según mi familia, mis amigos y mis colegas de la docencia, mi personalidad empezó a modificarse lentamente, a medida que mi carrera de policía progresaba. Así como antaño, en compañía de otros intelectuales, me inclinaba fácilmente al sar­casmo al hablar de los policías, ahora me volvía sumamente susceptible cuando se hacían en mi presencia ese tipo de observaciones, y varias veces me lancé a apasionadas discusiones a este respecto.

Al ser policía yo mismo, me pareció que la sociedad exige demasiado de sus funcionarios de la policía: Les pide no sólo que hagan respetar la ley, sino también que sean simultáneamente psiquiatras, consejeros conyuga­les, trabajadores sociales e incluso sacerdotes y médicos. Descubrí que un buen policía de la calle reúne, en su trabajo cotidiano, un poco de cada una  de esas profesiones complejas y de muchas más todavía. No es normal, en verdad, pedir tanto a los policías; sin embargo, es preciso, ya que no hay nadie más a quien podamos dirigirnos para pedir ayuda en el tipo de crisis y problemas de que ha de ocuparse el policía. Nadie sino e1 quiere aconsejar a una familia y ayudarla a resolver sus problemas a las tres de la ma­drugada del domingo, nadie sino él quiere penetrar en un inmueble no alumbrado después de que ha sido visitado por los ladrones; nadie sino é1 está dispuesto a hacer frente a un ladrón o a un loco “armado” nadie sino é1 quiere mirar cara a cara la pobreza, la enfermedad y la tragedia humana, día tras día, para recoger los trozos de vidas rotas.

Muchas veces me hice las preguntas siguientes, cuando era policía:

¿Por qué se hace uno policía?”. “¿Por qué permanece uno en la profesión?” La respuesta no está ciertamente en la falta de consideración de que es uno víctima, ni en las restricciones legales, que hacen el oficio cada vez más puro, ni en la duración de los horarios, ni en los bajos sueldos, ni en el peligro de ser muerto o herido al tratar de proteger a personas que muchas veces ni siquiera parecen agradecerlo.

La única respuesta que he podido encontrar a esta pregunta se basa en mi propia experiencia de policía que es limitada. Cada noche volvía a casa y me quitaba la insignia y el uniforme azul con un sentimiento de satisfacción y el convencimiento de haber aportado una contribución a la so­ciedad. No he experimentado este sentimiento en ninguna otra profesión. En cierto modo, este sentimiento parece que permite soportar la falta de consideración, el peligro.

Durante demasiado tiempo, los profesores de los establecimientos de enseñanza secundarios y superiores estadounidenses hemos inculcado discretamente a los jóvenes la idea de que ser policía es algo malo. Ya es hora de que esta situación cese. Esto es lo que me vi obligado a admitir una tarde, no hace mucho. Acababa de terminar mi servicio de policía y tuve que precipitarme a la Universidad para una clase vespertina, sin tiempo para quitarme el uniforme. Al precipitarme a mi despacho para tomar unas notas, vi que el rostro de mí secretario se alargaba a la vista del uniforme. “Pe­ro Doctor Kirham, ¿no irá a dar su clase vestido así?” Quedé confuso un mo­mento, y comprendí de pronto que si hubiera aparecido ante mis estudiantes con barba o cabello largo no habría  tenido necesidad de disculparme. Los partidarios del amor libre y los revolucionarios predicadores del odio no se disculpan por pertenecer a esos movimientos. ¿Por qué habría de hacerlo alguien cuyo aspecto físico simboliza un compromiso de servir a la sociedad y protegerla? “¿Por qué no? Repliqué con una sonrisa. Estoy orgulloso de ser un poli”; Reuní mis notas y fui a dar clase.

Terminare diciendo que quisiera que otros educadores se tomaran el trabajo de examinar algunos de los problemas del policía antes de apresurarse a condenarle y a juzgarle. Todos conocemos el viejo proverbio según el cual debemos abstenemos de juzgar a alguien antes de haber recorrido al menos un kilómetro con sus zapatos. Evidentemente, yo no he podido recorrer ese kilómetro como policía principiante, con seis meses justos de experiencia. Pero al menos me he probado los zapatos y he dado algu­nos pasos difíciles con ellos, Esos pocos pasos me han dado una comprensión y un juicio de nuestra policía radicalmente nuevos, y he tenido que admitir con toda modestia que la posesión de un doctorado no abre todos los conoci­mientos ni pone a su titular en una posición Superior en la que no pueda recibir lecciones de personas menos instruidas que él.

(Un profesor aprende en la calle)

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UN CORAZÓN BAJO EL UNIFORME

25-Septiembre-2008 pantharei Deja un comentario

Pese a toda la miseria y todo el sufrimiento humano con que los policías tienen que rozarse durante su trabajo, me sorprendía el increíble sentido humano y la sensibilidad que parecen caracterizar a la mayoría de ellos. Repetidas veces hube de renunciar a la imagen estereotipada que me había hecho del “poli” brutal y sádico, al ver el sentido de fraternidad humana que puede mostrar la policía: Así aquel joven policía practicando el boca a bo­ca en una piltrafa humana cubierta de suciedad; o aquel policía de cabello gris que parecía confuso cuando descubrí las bolsas de caramelos que lleva­ba en el cofre de su automóvil para niños pobres en los “ghettos”, para quienes era una especie de Papá Noel; o aquel otro que daba dinero de su bolsillo a una familia hambrienta y desprovista de todo recurso, a la que seguramente no volvería a ver; o, en fin, ese otro policía que fuera de sus horas de servicio visitaba a unos padres inquietos para hablarles de su hijo o de su hija, que atravesaba una crisis.

Como policía, me asombraba muchas veces al ver cómo mis colegas podían resistir a las previsiones cotidianas, a menudo intensas, que les imponía su trabajo. Lo prolongado de los servicios, los fracasos, el peligro y la tensión, todo ello parecía aceptado, corno si formara parte, naturalmente de la realidad del trabajo profesional.

Termine por hacer el descubrimiento que incita a la modestia, de que lo mismo que los colegas con los que trabajaba, yo no era sino un ser huma­no, cuyos límites vienen fijados por la cantidad de tensión que puedo soportar en un tiempo dado.

Recuerdo en particular una tarde en que esto se me reveló de manera notable. La jornada había sido larga y difícil, había terminado con la persecución a gran velocidad de un automóvil robado. Habíamos estado a un pelo del accidente grave en un momento en que otro vehículo había venido a interponerse ante nuestro auto-patrulla. Terminado el trabajo, yo tenía vagamen­te conciencia de estar muy cansado y en tensión. Mi colega y yo caminábamos hacía un restaurante, para tomar un poco de alimento, cuando ambos oímos un ruido de vidrios rotos que venía de una iglesia y vimos a dos muchachos de cabello largo que huían. Les interpelamos y pedí a uno de ellos su documen­tación, al mismo tiempo que le enseñaba mi tarjeta de policía. Se rió de mí en mis narices, lanzó una palabra grosera e hizo ademán de irse, Inmediatamente le agarré por la camisa y le hice dar media vuelta, gritando: “¡A ti te hablo! animal:”   Sentí, la mano de mi colega en mi hombro y  detrás de mí su voz sosegada que me decía: “¡Calma, Doctor!”. Solté al adolescente y durante algunos segundos no abrí la boca, incapaz de aceptar la evidencia de que había perdido mi sangre fría.  Como un relámpago, me atravesó el recuerdo de una lección en la cual había dicho a mis alumnos: “Quien es inca­paz de dominar enteramente sus emociones en todas las circunstancias no tiene nada que hacer en la policía”.  A la sazón  estaba encargado de dirigir un estudio sobre las relaciones humanas, para enseñar a los policías la técnica del dominio de las emociones. Y ahora un policía se veía obligado a decirme a mí, experto en “dominio de emociones”, que me calmara.

(Un profesor aprende en la calle)

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EL CRUCIGRAMA RARO.

20-Septiembre-2008 pantharei 1 Comentario

Era una fría mañana de invierno.  Como cada día, dos agentes, ambos motoristas de tráfico, fueron comisionados para revisar el funcionamiento correcto de todos los grupos semafóricos de la ciudad.  La revisión se realizaba siguiendo un itinerario preestablecido, de forma que no quedara sin verificación ninguno de los semáforos.  La tarea comenzaba temprano, muy temprano, a fin de que las deficiencias que se hubieran observado, pudieran ser trasladadas a la empresa encargada del mantenimiento a primera hora.

Debían ser, por tanto, las seis y media de la mañana cuando los agentes, que ya llevaban algún tiempo cumpliendo su trabajo, llegaron a un tramo de carretera donde se ubicaba un poste semafórico de precaución, (ámbar intermitente de preseñalización de intersección).  En plena calzada a la altura del semáforo observaron un vehículo turismo detenido, algo que les llamó la atención, dado que el conductor de dicho vehículo no tenía ninguna obligación de detenerse ante dicho semáforo y no parecía que hubiera ninguna otra razón que le hubiera obligado a detenerse, a no ser que el vehículo se hubiera averiado.

Los agentes se detuvieron junto al vehículo y se dispusieron a comprobar que era lo que le ocurría al conductor para, en su caso, ayudarle a continuar la marcha.  Al acercarse a la ventanilla, el conductor, al observar la presencia de los agentes y antes de que éstos pudieran preguntarle, se llevó un dedo sobre los labios y les dice:

- Sssshhhhhiiiiiiiisssss……….sssshhhhhiiiiiiisssss………… esto tiene que ser algo de la Guardia Civil, porque el coche me ha hecho un “crucigrama” muy raro y se me ha parado aquí delante de estas luces amarillas que han puesto.

Al mismo tiempo, el acompañante del conductor, que se encontraba sentado en el asiento delantero derecho, aprovechando la atención que los agentes estaban brindando al conductor, abrió la puerta, se bajó a toda velocidad y salió corriendo como alma que lleva el diablo en dirección hacía una de las urbanizaciones colindantes.

Los agentes se dan cuenta que el conductor del vehículo tenía una borrachera de campeonato, un pedo impresionante, los signos eran mas que evidentes, por lo que proceden a retirar el vehículo y apartarlo de la corriente circulatoria, para evitar que pudiera producirse algún accidente y deciden someter al conductor a una prueba de alcoholemia.

A través de la central solicitan un patrullero para trasladar al conductor hasta Jefatura, donde se realizarían las pruebas.  Durante el tiempo de espera del patrullero, el conductor insistía, de forma cansina, en el “crucigrama tan raro” que le había hecho el vehículo.  En un momento determinado el conductor decidió cambiar su discurso y optó por decir que el coche le había hecho “la moviola” y con este argumento se mantuvo hasta el final.

El acompañante huido debió sentir remordimientos de conciencia y unos minutos mas tarde volvió al lugar de los hechos, seguramente con la intención de “entregarse”.  El conductor al verlo aparecer le dice:

-Tranquilo compadre, ¿no ves que son compañeros?.  Que yo he servido en artillería.

El conductor aclaró que su acompañante era su cuñado que había venido de Francia a pasar unos días y “¿quién no se toma cuatro copas con su cuñado cuando lleva tanto tiempo sin verlo?.

-Pero eso sí “yo os juro que han sido cuatro copas nada mas“.

Lo de las cuatro copas lo repitió insistentemente hasta que fue trasladado a Jefatura para someterse a las pruebas.

Una vez en la Jefatura se le hizo soplar (en el antiguo alcoholímetro, ese que daba el valor de la medida en sangre y no en aire espirado, ¡cuánto ha llovido ya!) y dio un resultado de 3.5 gramos de alcohol por litro de sangre.

El conductor al ver el resultado en la pantalla del alcoholímetro, no se le ocurrió otra que decir:

-Para que veáis que yo soy una persona legal, ese cacharro está mal, os dije que han sido cuatro copas las que me he tomado y cuatro copas han sido, no tres y media como dice eso.

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UN PUNTO DE VISTA DIFERENTE

19-Septiembre-2008 pantharei Deja un comentario

El mismo tipo de tensión cotidiana que aquejaba a mis colegas empezó pronto a corroerme. Estaba harto de verme insultado y atacado por malhechores, que, en general, encontrarían un auditorio muy comprensivo en los jueces y los jurados, dispuestos a comprender su punto de vista y a concederles una “segunda oportunidad”.  Estaba harto de vivir bajo la amenaza de esa espada de Damocles que son la prensa y los grupos de presión, dispuestos a hacerse lenguas de la más ligera falta cometida por mí o por uno de mis colegas Policías.

Como profesor de criminología, había tenido siempre un lujo a mi al­cance: el de disponer de tiempo sobrado para tomar decisiones difíciles, pero como policía, me veía obligado a tomar las decisiones más críticas en un lapso de segundos, y no de algunos días, por ejemplo, para decidir si debía disparar o no, arrestar o no a una persona perseguirla  o dejarla escapar; y siempre con la molesta certeza de que otros, los que disponen de mucho tiempo para analizar y pensar, estaban dispuestos a juzgarme y condenarme por lo que hiciera o lo que no hiciera. Me veía obligado no sólo a vivir una vida hecha de segundos y de adrenalina, sino también a tratar de problemas humanos más difíciles que todos los que me habían salido al paso en el transcurso de mis actividades penitenciarias y psiquiátricas.

Las disputas familiares, la enfermedad mental, las multitudes que llevan en germen situaciones explosivas, los individuos peligrosos, todo ello me aterraba cada vez mas por la complejidad de las funciones de unos hombres cuyo trabajo me había parecido antaño relativamente sencillo lo que yo quisiera es pedir al psicólogo o al psiquiatra medio que trabajaran un día solamente como policías y que trataran a personas con problemas que además de ser graves, requieren una solución inmediata. Les invitaría a penetrar como yo he hecho, en una sala de apuestas llena de humo de cigarros, en la que cinco o seis hombres coléricos se injurian.

Quisiera que el consejero de prisiones o el encargado de la libertad bajo fianza vieran a su cliente no en la calma del despacho, sino como le ve el policía callejero, zurrando a su hijo pequeño con un cinturón de pesada hebilla o dando patadas a su mujer en cinta. Quisiera que e1 y todos los jueces y jurados de nuestro país, pudieran ver, como no puede por menos el policía de la calle, los estragos de la criminalidad sobre inocentes que reciben cuchilladas, tiros, golpes que son violentados, robados y asesinados. Este espectáculo les daría, no lo dudo, una visión distinta del crimen y de los malhechores, como a mí me ocurrió.

(Un profesor aprende en la calle)

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